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domingo, 16 de junio de 2013

"El euro fue una de las formas por las que el neoliberalismo entró en Europa"


El profesor portugués e intelectual referente para los movimientos sociales, Boaventura de Sousa Santos, analiza para ‘Público' la crisis de la UE y la trampa capitalista de la deuda soberana y las políticas de austeridad para destruir el último bastión de la protección social y laboral, Europa.

ANA PARDO DE VERA Madrid 15/06/2013 21:15 Actualizado:16/06/2013 08:15

Boaventura de Sousa Santos es doctor en Sociología del Derecho por la Universidad de Yale y catedrático de Sociología en la Universidad de Coímbra. Este fin de semana está en Madrid con laUniversidad Popular de los Movimientos Sociales (UPMS), una iniciativa que llega por primera vez a España y reúne durante los dos días a más de 40 colectivos y movimientos sociales, académicos y artistas de varios países en busca de fórmulas para organizarse y reconstruir el maltrecho sistema democrático en Europa.
¿Se puede decir ya que el proyecto de la UE es un fracaso?
Sí. La UE era un proyecto de cohesión social para crear un bloque nuevo y fuerte; un bloque económico, político y social, con políticas de cohesión muy importantes. La UE se concibió con dos ideas muy potentes: la de no volver a las guerras mundiales, provocadas ambas por el mismo país, y la de eliminar las periferias que existían desde el siglo XV: los países nórdicos, el sur de Europa (Portugal, España e Italia), el sureste (Balcanes y Grecia) y el este europeo.
El proyecto europeo iba a poner fin a esas periferias, con políticas muy importantes de fondos estructurales que pretendían uniformar la riqueza en Europa. En este sentido, el proyecto fracasó, pero es que muchos de nosotros ya sospechábamos que esto podía pasar, porque la existencia de las periferias era demasiado larga. Sin embargo, en los primeros años de la integración europea parecía que la UE resultaba: por ejemplo, en Portugal, la renta media alcanzó el 75% de la europea en 2000; sin duda nos aproximábamos y, de pronto, todo el proceso quebró y los países ex periféricos vuelven a ser tratados como tales. Desde entonces, la lógica colectiva de construcción social, económica y política ha pasado a ser una dinámica de centro-periferia que dominó sobre todas las otra lógicas. Una lógica, además, en la que el centro ni siquiera es la Comisión Europea, sino Alemania.
La UE debe reinventarse, hay que reinventarla. De lo contrario, el futuro en Europa se presenta muy negro.
¿Y el proyecto del euro? ¿En qué punto está?
La pregunta sobre el proyecto del euro no es si fracasó o no, sino qué es lo que se pretendía con él. Y en este caso, existió la trampa desde el inicio, porque el euro fue una de las formas en que el neoliberalismo internacional penetró en Europa, que hasta entonces, era el bastión de defensa del Estado social; el único donde el neoliberalismo no había entrado gracias a que los países tenían partidos socialistas y -también a veces en la oposición- partidos comunistas, ambos muy fuertes. Los partidos venían de una tradición socialdemócrata muy arraigada que exigía educación pública, sanidad pública o sistema de pensiones públicos, por lo que la resistencia a que el neoliberalismo entrase país a país era muy grande. Por eso no penetró así, sino que lo hizo por encima: a través de la Comisión primero, por el Banco Central Europeo (BCE) después y por el euro finalmente.
“La democracia en Europa está suspendida y derrotada por el capitalismo”
Mediante la construcción neoliberal del euro y el BCE, el país dominante desde entonces -Alemania- ha puesto sus reglas y la moneda es definida en su valor internacional de acuerdo a los intereses económicos de Alemania, y no a los intereses de Portugal o España, por ejemplo. A los países del sur, increíblemente, nunca se les ocurrió la idea de que pudiera ocurrir esto, porque se creyeron lo de que estaban en un bloque político y económico, en donde no había deuda griega o española o portuguesa, sino que existía la cohesión y nunca habría especulación. Sin embargo, debido a los intereses de sus bancos, Alemania decidió que sí habría deuda griega, irlandesa, portuguesa o española, con lo que hizo a estos países muy débiles, sin que Europa les diese garantías y promoviendo la especulación financiera al transmitir la idea de que estos países sólo encontrarían la solución después de una intervención brutal.
Una intervención que no ha servido para nada y que ahora, parece que empiezan a reconocerlo así quienes la impusieron. ¿Estamos ante una improvisación o el juego está totalmente calculado?
Es más trágico todavía, porque no es nada nuevo. El problema de Europa es que ni tiene nada que enseñar al mundo ni puede aprender con el mundo. Nada que enseñar porque la sequía de ideas, novedades o alternativas aquí es total y nada que aprender porque la arrogancia colonial de este continente es absoluta también y no le permite aprender. Por ejemplo, cuando decimos: "En Brasil, Argentina o Ecuador se hizo así", y enseguida nos respondemos: "Ésos son países menos desarrollados".
¿Seguimos con ese sentimiento de superioridad?
Seguimos con esa arrogancia colonial, sí. Y no lo tomamos en serio, pero es que eso que ha dicho el FMI hoy, lo dijo en Tanzania, Mozambique e Indonesia antes, lo conozco bien. Lo de aplicar las medidas y después, decidir que fueron excesivas es recurrente. Y una agencia  que ha aplicado unas medidas que han generado tanta pobreza, tanto sufrimiento en los países, debería ser demandada ante los tribunales; y ya no digo por un delito criminal, pero al menos, sí por negligencia. Tiene que haber una reparación civil para los países afectados, porque, además, dicen que cometieron un error con sus políticas y las siguen aplicando.
“Tiene que haber una reparación civil para los países afectados por las medidas de austeridad”
No hay propósito de la enmienda...
Ninguno. Pero es que, además, a la UE no le gusta que el FMI se retracte, porque está comprometida con las políticas de austeridad y si en Alemania se percibe que son negativas, Angela Merkel puede perder las elecciones. Todo está organizado para que nada cambie hasta las elecciones alemanas, por lo que Italia, Grecia, Portugal o España deben esperar y lo hacen, digo yo siempre, con una democracia suspendida.
Y los ciudadanos que sufrimos los recortes, ¿qué podemos hacer? ¿También hemos de esperar a que transcurran las elecciones alemanas para presionar a nuestros gobiernos y que hagan algo, en su caso?
Los gobiernos no van a hacer nada, porque como digo, son completamente dependientes del mandato alemán. Y aunque la gente rechaza esto, no lo hace de una manera fuerte y articulada. Este fin de semana, con el proyecto de la Universidad Popular de los Movimientos Sociales (UPMS), precisamente, estamos intentando ver cómo se puede resistir, conociendo las diferencias de los distintos grupos, averiguando por qué unos están interesados en una medida y otros en otra o por qué algunos creen que se debería crear un partido y otros no. La semana pasada, en Portugal, estuve trabajando en una iniciativa con el ex presidente de la República, Mario Soares, a través de la cual juntamos a 600 personas en una sala para pedir la caída del Gobierno actual, elecciones anticipadas y un Ejecutivo de izquierdas. Fue la primera vez, después del 25 de abril, que conseguimos juntar a representantes del Partido Comunista, del Socialista y del Bloque de Izquierda para formar una alternativa de izquierdas. Aunque sabíamos que por razones históricas es muy difícil lograrlo.
Como en España...
Aquí también, aquí también... Y en Portugal, al final, nos dimos cuenta de que era imposible, que jamás habría una alternativa de izquierdas. ¿Por qué? Porque, por un lado, Bloque de Izquierda y Partido Comunista quieren renegociar la deuda y, además, han concluido que parte de esta deuda no se puede pagar -es el 130% del PIB-, o abocaremos al empobrecimiento a las generaciones siguientes. Todo el dinero que entra de la troika va a pagar la deuda, ni un céntimo va para la salud o el hogar de las personas.
“El movimiento para democratizar la democracia a veces resultará violento contra la propiedad y, a veces, ilegal”
Por otro lado, el Partido Socialista, que está dominado por la lógica del neoliberalismo desde hace tiempo, quiere ser Gobierno, además, en el marco europeo dominado asimismo por el neoliberalismo. Por tanto, propugna que de negociar la deuda, nada: hay que pagarla toda, aunque se negocie sobre las tasas y los periodos de pago, por ejemplo.
Y ahí se acaba el objetivo de la reunión, unir a la izquierda.
Ahí se acabó.
¿Cómo ve en España a los partidos de izquierdas?
La misma división, aunque en Portugal es más grave, porque... ¿Quiénes fueron los invitados españoles a la reunión de Club Bilderberg en Hertfordshire (Reino Unido)?
El ministro de Economía, Luis de Guindos; el consejero delegado del Grupo Prisa, Juan Luis Cebrián; el de Inditex, Pablo Isla,... ¿Por qué?
Porque la asistencia desde Portugal fue muy interesante, muy ilustrativa sobre el futuro: acudieron al Bilderberg el secretario del Partido Socialista y el secretario del partido de derechas que está en el Gobierno, o sea, que la elite internacional ya ha decidido las elecciones. Los portugueses van a trabajar hasta las próximas elecciones, luchando para que haya un Gobierno de izquierdas -idiotas ellos-, las elecciones ya están decididas y los socialistas comulgan con eso. Por eso, yo creo que en Europa vamos a entrar en un periodo cada vez más duro y con más recortes; yo le llamo un periodo post institucional (‘Después de las instituciones'), porque las instituciones del Estado no responden y la gente no se siente representada por estas instituciones.
¿Qué podemos esperar de un periodo así?
Será un periodo turbulento y largo, a mi juicio, y será una lucha por la redefinición de la democracia. No es casualidad que los jóvenes aquí en España o en Portugal hablen de Democracia Real o apelen a laDemocracia Ya, porque la democracia en Europa está suspendida y derrotada. Ha habido un conflicto entre democracia representativa y capitalismo y ha ganado el capital.
¿Y hay alguna posibilidad de que se levante de nuevo la democracia?
Sólo cuando el capitalismo tenga miedo. Hasta ahora, los bancos han sido rescatados con dinero público, pero no habrá posibilidad de rescatarlos de la misma manera otra vez, a menos que los ciudadanos sean reducidos a la condición de esclavos. Puede haber una catástrofe y tenemos que luchar antes de que llegue, buscando todos los errores que se cometieron en las políticas progresistas de Europa. Por ejemplo, creer que sólo un pequeño grupo en cada país era politizado: los miembros de partidos, ONGs o de movimientos sociales. El resto de ciudadanos era una masa informe, despolitizados que no tenían ninguna relevancia política, pero que son los que están ahora en la calle.
"En Europa, ha habido un conflicto entre democracia representativa y capitalismo y ha ganado el capital"De ellos va a venir el futuro; la transformación democrática va a llegar de la mano de todos los indignados: pensionistas, jóvenes, médicos, profesionales,... que implican, además, una unión intergeneracional que antes no existía y que tienen que llevar a cabo una revolución democrática; la necesitamos para no llegar a la catástrofe.
¿Cómo se aborda una revolución democrática en la situación actual? ¿Qué significado tiene más allá de los términos?
Significa democratizar la democracia a través de un movimiento popular muy fuerte, que a veces resultará violento, aunque nunca contra las personas, y a veces resultará ilegal, porque una de las características de los Estados neoliberales es ser cada vez más represivos.
¿Con ser violentos se refiere, por ejemplo, a los escraches y con ser ilegales, a iniciativas como Rodea el Congreso?
Sí, hay que fortalecer todos esos movimientos.
¿También el 15M en su conjunto? Hay quien tiene la percepción de que es un movimiento que nació con mucho ímpetu y se ha ido desinflando, perdiendo fuerza. ¿Tal vez porque ya es España un país resignado?
No creo que seamos -e incluyo a mi país, Portugal- países resignados, sino que hemos sufrido más de 40 años de dictadura; 48 años en mi país, más que en España. Mientras tanto, pasaban por nuestro lado los movimientos europeos de participación política (movimiento estudiantil, el de 1968, por la liberación de las colonias,...) Estábamos muy aislados, por eso nuestros países no tienen ahora la cultura democrática de resistencia. Por otro lado, hay elementos coyunturales que influyen en los movimientos y, por ejemplo, no podemos creer que las plazas se van a llenar igual en invierno que en primavera o verano.
“Un movimiento no se construye con autonomía individual, sino con autonomía colectiva”
Además, los movimientos al mismo tiempo que maduran, se dividen: hay gente centrada en los desahucios, otra en la sanidad; gente que cree que se debería crear un partido, otros que no; personas que hablan de consejos populares, formas de control ciudadano,...
¿Y cómo se organiza todo eso? ¿Con qué nos quedamos?
La revolución democrática va a tener dos pies: cambiar la democracia representativa neoliberal a través de un cambio del sistema político que conlleva, a su vez, un cambio del sistema partidos. Es decir, que conlleva la participación de independientes en el sistema político, en la regulación y financiación de los partidos, en el sistema electoral,... Hay mucho que hacer, pero sobre todo, sabiendo que la reforma nunca va a venir de los partidos, que saben que saldrán perdiendo con esto, sino que va a venir de los ciudadanos. La democracia participativa resultante -de la que ya tenemos experiencia fuera de Europa- traerá nuevas formas de actuación: referéndums, consejos populares, consejos sectoriales, presupuestos participativos a nivel local o regional, por ejemplo;... O sea, democracia directa que controle a los elegidos, que vaya más allá de la autorización a gobernar; que vaya hasta la rendición de cuentas, ésta que debe llegar de fuera, de ciudadanos organizados. El problema es que ahora no están organizados.
¿Se refiere al movimiento de los indignados? ¿Qué crítica(s) tiene que hacerles?
Tengo varias. Primero, a las asambleas en donde se toman decisiones por consenso que pueden ser totalmente paralizantes, pues una pequeña minoría puede impedir cualquier decisión. Con fórmulas dominantes de decisión no va a haber formulación política; y sin formulación política no hay alternativas. Segundo, al sistema de gran autonomía individual que manejan (cada uno decide cuándo entra y cuándo se va, por ejemplo) y que es más semejante al neoliberalismo de lo que piensan. Un movimiento no se construye con autonomía individual, sino con autonomía colectiva. Y no la tienen. Tercero, un rasgo que estamos viendo, sobre todo, en los acampados de EEUU y en algunos de aquí: tiene más legitimidad quien se queda más tiempo acampado en la plaza. No tienen en cuenta que hay que gente que es muy buena, pero que tiene que ir a trabajar o ir a casa a atender a los niños. ¿Son menos legítimos por eso? No, porque permanecer más tiempo en una plaza no es un criterio de legitimidad democrática.
¿Todo esto no ha impedido avanzar más al movimiento de los indignados?
Yo trabajo con ellos como intelectual de retaguardia, que es lo que me considero, y creo que en estos momentos, no son un movimiento; son presencias que no tienen propuestas muy concretas y los entiendo, porque es todo el sistema el que está podrido y quieren reconstruirlo desde abajo. Para ello, piden una nueva Constitución y eso sí es positivo; piden un impulso constituyente, algo que yo vengo defendiendo: una nueva Constitución que retire el monopolio de la representación política a los partidos; que establezca diferentes formas de propiedad, más allá de la estatal y la privada -se han perdido las formas de propiedad comunal o de cooperativa, por ejemplo-; que asiente una nueva forma de control social más articulada; una reorganización total del sistema de justicia, y una fórmula para proteger nuestras constituciones de la especulación financiera y de deudas que no se pueden pagar.
“Todo está organizado para que nada cambie hasta las elecciones alemanas”
Esa deuda es precisamente la coartada para imponer las políticas de austeridad...
Pues mire lo que pasa en Portugal con ellas: una deuda del 130% del PIB, el desempleo creciendo y una recesión cada vez mayor. Quienes gobiernan lo saben y, por eso, yo estoy cada vez más convencido de que esto no es una crisis. Tenemos que luchar también por los términos del debate, porque esto no es una crisis: es una gran maniobra del capitalismo internacional financiero para destruir la última fortaleza que existía en el mundo de protección social y trabajo con derechos. El remedio de la crisis está empeorando la crisis o, lo que es lo mismo, el médico está matando al enfermo. Y lo peor es que no necesariamente cuanta más crisis hay, hay más resistencia. Porque hay niveles de crisis tan grande y en los que la gente está tan empobrecida, tan deprimida, que no sale a la calle; gente que se suicida, que toma ansiolíticos; gente que interioriza la crisis y se vuelve contra sí misma. Estamos entrando en ese proceso. Por eso, creo que este año va a ser decisivo para saber si tenemos energías y damos la vuelta a esto. Eso es lo que vamos a hacer este fin de semana en la UPMS, ver si podemos articular algo para generar turbulencias políticas que no permitan a estos gobiernos -estos sistemas de protectorado, en realidad- seguir gobernando.

sábado, 27 de abril de 2013

¿Cuánto desempleo provocaron Reinhart y Rogoff por su manipulación matemática?


Crecimiento del PIB ante diferentes niveles de deuda
Crecimiento del PIB ante diferentes niveles de deuda
 
La semana pasada estalló el escándalo de la falacia que intentaron demostrar los economistas Carmen Reinhart y Kenneth Rogoff en un oscuro informe referido a las consecuencias de la deuda pública sobre el crecimiento económico. Dicho documento (Growth in a Time of Debt, El crecimiento en un período de deuda), fue publicado hace tres años y de inmediato ganó las preferencias mediáticas y políticas y se convirtió en la punta de lanza de quienes propician las políticas de austeridad y los recortes del gasto público. El FMI, la Comisión Europea y el Banco Central Europeo lo abrazaron como una biblia del pensamiento económico y comenzaron a advertir a los países de las dramáticas consecuencias que sufrirían si no reducían sus niveles de endeudamiento.

El trabajo de Reinhart y Rogoff hacía especial énfasis en que una deuda pública que superara el 90 por ciento del PIB provocaba un crecimiento negativo de -0,1 por ciento. No explicaban el umbral ni las razones de este salto cuantitativo dado que una deuda menor al 90% del PIB conlleva un crecimiento positivo de 2,8 por ciento (ver gráfica). Pese a que Reinhart y Rogoff no fundamentan el punto de quiebre y la posible existencia de otros factores, los planes de reducción de la deuda pública comenzaron a correr de inmediato por la vía de los recortes presupuestarios y los planes de austeridad. Y como hasta el propio FMI se ha dado cuenta: los planes de austeridad no han hecho más que profundizar la crisis. Reinhart y Rogoff (con la complicidad de los políticos y los medios de comunicación) son hoy responsables de la profundización de la crisis, y de los millones de trabajadores que han quedado desempleados en los últimos tres años.

La tesis de Reinhart y Rogoff fue refutada por los economistas Thomas Herndon , Michael Ash y Robert Pollin en su documento Does High Public Debt Consistently Stifle Economic Growth? A Critique of Reinhart and Rogoff , en el cual detectaron una serie de inconsistencias matemáticas en el uso de los datos (manipulación de datos); errores en la planilla excel y un modelo econométrico espúreo. Los resultados de Herndon, Ash y Pollin, con los mismos datos de Reinhart y Rogoff arrojaron el resultado de un crecimiento de 2,2 por ciento promedio para los países que superaban el 90 por ciento de deuda respecto al PIB, una diferencia considerable respecto al resultado de la dupla Reinhart y Rogoff (ver gráfica). No es primera vez que se manipula la información con el objetivo de favorecer a los ejes del poder dominante (la banca y los bankeros) y ya debe estar en marcha otro plan para continuar con las políticas del desastre que han predominado en los últimos tres años. A estas alturas esta claro que los “rescates” sólo han sido para salvar a la banca y los bankeros. El desempleo sigue imparable.

Errores y manipulación de datos

Herndon, Ash y Pollin encontraron que Reinhart y Rogoff excluyeron selectivamente a algunos países (Nueva Zelanda y Bélgica, entre otros) para obtener el resultado buscado. Asimismo, excluyeron del análisis a países que estaban fuertemente endeudados pero que tenían crecimiento regular; y emplearon un método muy discutible para ponderar a los países. El conjunto de estos tres sesgos favorecía el resultado que Reinhart y Rogoff buscaban: que la deuda pública es el gran cáncer para el crecimiento económico.

Reinhart y Rogoff utilizaron el período de 1946 a 2009 para desarrollar su tesis, pese a contar con datos disponibles desde 1890 para más de 40 países. Pero como en este período de más de cien años hay muchos países con una relación deuda/PIB superior al 90 por ciento que crecieron regularmente, no les servían para su objetivo. Aún así, Herndon, Ash y Pollin encontraron que el trabajo de Reinhart y Rogoff excluyó varios años de Australia (1946-1950), Nueva Zelanda (1946-1950) y Canadá (1946-1950). Esto tiene importantes consecuencias dado que estos países tienen una elevada deuda y un sólido crecimiento en ese período: Canadá tiene una relación deuda/PIB de 90 por ciento en ese período y un crecimiento de 3 por ciento. Nueva Zelanda tiene una relación deuda/PIB superior al 90 por ciento en el período 1946-1951 y un crecimiento promedio de 2,58 por ciento si se utiliza el período de esos 5 años. Reinhart y Rogoff tomaron sólo el último año en el cual Nueva Zelanda tuvo una tasa de crecimiento del -7,6 por ciento.

Otro punto que muestra la forma en que Reinhart y Rogoff manipularon la información es el método para ponderar a los países. Por ejemplo, el Reino Unido tiene un nivel de deuda por sobre el 90 por ciento del PIB en el período de 19 años que va de 1946 a 1964, con un crecimiento promedio de 2,4 por ciento anual. Lo que a continuación hacen Reinhart y Rogoff es insólito: promedian el crecimiento de 2,4 por ciento del Reino Unido (19 años), con el -7,6 por ciento de Nueva Zelanda de 1951 (1 año) para demostrar que “una deuda por sobre el 90 por ciento del PIB genera decrecimiento”. Si economistas de la talla de Reinhart y Rogoff son los que están dando la pauta a las autoridades es evidente que tendremos crisis por cincuenta años.

Más allá de la manipulación de datos históricos que demuestran la orientación ideológica que ocultan muchos trabajos, es el hecho de pretender darle a éstos un criterio de objetividad. Se parte de una idea completamente subjetiva y se arma todo un entramado de “datos históricos” para vestir de objetividad una esencia inconsistente, como si en ello estuviera la clave de la verdad. Reinhart y Rogoff publican un documento que desprestigia a la Economía y son tomados como sacerdotes que profetizan el futuro aunque derrumben en verdad el destino de miles de millones de personas. ¿Es comparable la recesión de un año de Nueva Zelanda, con el abultado endeudamiento del Reino Unido tras la segunda guerra mundial? A veces la arrogancia y el afán ideológico hace ver negro lo que es blanco con tal de negar que el desempleo es el mayor de los problemas sociales.

En El Blog Salmón | Rogoff y Reinhart: El verdadero debate debería ser la causalidad, Rogoff y Reinhart: el argumento sigue válido, la deuda perjudica el crecimiento

viernes, 11 de mayo de 2012

Hollande, la última carta dentro del sistema


Hollande columnaSi Angela Merkel decide no negociar con él, entonces el futuro de Europa deja de ser una incógnita para transformarse en una cuenta regresiva.
Alaa Abd El-Fattah es egipcio y revolucionario. En una entrevista realizada por Julian Assange[1], fundador de WikiLeaks, dijo: “Es un Estado postmoderno al que intentamos llegar, y no sabemos qué es exactamente, pero estamos teniendo una revolución y no simplemente reformas ordinarias. Por eso no importa lo que quiera el gobierno estadounidense (…) No sé si ganaremos esta vez, no sé si ganaremos alguna vez en esta vida, pero… basta con que casi cada semana yo tenga la sensación de poder rozar ese sueño”. ¿Y cuál es ese sueño?  “La plaza es una leyenda que dejará de existir si las familias de los mártires dejan de creer en ella. Nuestro sueño es una alternativa al régimen, si lo abandonamos por unos debates realistas, racionales y comprometidos que siguen órdenes prioritarias, desaparecerá. No hagan caso a los expertos y escuchen a los poetas, porque estamos en una revolución. Vayan con cuidado y láncense contra lo desconocido, porque es una revolución. Conmemoren a los mártires, porque entre las ideas, símbolos, historias y espectáculos nada es real salvo su sangre, y nada está garantizado salvo su eternidad”.
Hollande, finalmente, ganó las elecciones en Francia. Las respuestas de Alaa Abd El-Fattah ilustran lo que puede suceder si a la nueva esperanza europea, por cierto muy parecida a cuando asumió Obama en EEUU, no le dejan espacio para introducir “reformas ordinarias”. Ahora sabemos cuál es la otra alternativa. Europa no vive un estado pre-revolucionario al estilo clásico, pero está regada de pólvora. La diferencia se explica porque no hay una teoría, el horizonte es desconocido. Pero el camino sí se puede prever, las sociedades estallando ¿de un día para otro? No, sólo la chispa es instantánea.
Hollande representa el cambio dentro del modelo. Si Angela Merkel decide no negociar con él, entonces el futuro de Europa deja de ser una incógnita para transformarse en una cuenta regresiva. Para el reciente ganador de las elecciones, su preocupación principal será Francia. La política interna sigue resolviendo las elecciones y aún le faltan ganar los comicios legislativos que decidirán al Primer Ministro (Francia tiene un sistema semi-presidencialista, para imponer su política necesita además la mayoría legislativa). Sarkozy no perdió por los planes de austeridad impuestos al resto de la comunidad junto con Alemania, fue derrotado por deshacer el Estado de bienestar francés. Sin embargo, el peligro de implosión no está en los suburbios franceses, más bien en la periferia europea. Principalmente en España y Grecia, pero no hay que olvidar a Portugal o Italia. Por tanto, deberá afrontar dos urgencias distintas pero complementarias. Mantener la pequeña esperanza francesa y transformarse en el líder de la resistencia europea contra el neoliberalismo. España está imposibilitada luego de la voltereta ideológica de Zapatero, ex presidente socialista, y el gobierno de Rajoy que, en pocas palabras, es el sueño de cualquier revolucionario. Recorta el gasto público a su mínima versión para bajar el déficit, pero está dispuesto a seguir inyectando fondos públicos en el sistema bancario responsable de la actual crisis. En Grecia sucede otro tanto, todas las agrupaciones con posibilidad de formar gobierno expresan la necesidad de renegociar los planes de ajuste con la troika (FMI, Banco Central Europeo y Unión Europea).  
Los EURO bonos, la independencia del Banco Central Europeo (independiente del pueblo, no de ideología), la obligación de reducir el déficit público a países que viven una depresión económica con secuelas sociales profundas, serán los temas que deberán resolver en pocas semanas. La situación de la periferia europea no “aguanta” un largo debate político para definir la fórmula del crecimiento. Paradójicamente, el debate se saldó bajo el monologo neoliberal y su fracaso fue comprobado en todo el globo. De todas maneras, hay que reconocer que los actuales conservadores europeos no cuentan con una herramienta fundamental e histórica para salir de la crisis actual: hoy no pueden empaquetar la crisis y mandarla a otras latitudes. Por tal razón, deben solucionarlo con reformas internas en cuanto al papel del Estado; decidir quién gobierna, si la política o la economía; y democratizar la Unión, no es posible que el presidente de Alemania dicte el destino de todos sin un respaldo democrático de toda Europa.
En las últimas elecciones en Francia, Italia y Grecia, se vió un ascenso de los partidos políticos anti-sistema, de ultraderecha y hasta neonazis. En otros, el mismo discurso comienza a posicionarse con una fuerza capaz de torcer el rumbo político de muchos países y, como consecuencia, de la Unión. A la crisis económica y financiera, se suman: la crisis ecológica, resultado de la forma de producción, distribución y consumo de bienes actuales; la crisis política, o la nula discusión de ideas y alternativas que no sean sólo el estallido social; la crisis de gobernabilidad, resumida en la miopía ideológica que transforma cualquier reacción social en algo imprevisible; la crisis social, mediante la destrucción del empleo que repercute en la vida de las familias, desintegración de lazos sociales, etc.
Hollande es, incluso para los conservadores europeos, la última carta para evitar que todo salte por el aire. Resta saber si son capaces de dar cuenta del escenario global. Es también la última esperanza que se permitirán quienes ya no aguantan más. Y esto no por un sustento ideológico que posea el socialista francés, más bien porque debe demostrar a propios y extraños que la política institucionalizada de hoy todavía permite transformaciones. Los partidos y el sistema político son sólo la institucionalización de las transformaciones políticas que viven, vivieron y vivirán, todas las sociedades humanas. Si no están a la altura de las circunstancias, si se muestran obsoletas o no canalizan las demandas, las sociedades siempre se las arreglan para decir basta. En la política interna deberá sustentarse en el apoyo popular, en el exterior cuenta con los países del BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica) para transformar las reglas de juego.  
 
Pablo Llentilin

[1] www.actualidad.rt.com

domingo, 22 de enero de 2012

The visible hand



The crisis of Western liberal capitalism has coincided with the rise of a powerful new form of state capitalism in emerging markets, says Adrian Wooldridge

BEATRICE WEBB grew up as a fervent believer in free markets and limited government. Her father was a self-made railway tycoon and her mother an ardent free-trader. One of her family’s closest friends was Herbert Spencer, the leading philosopher of Victorian liberalism. Spencer took a shine to young Beatrice and treated her to lectures on the magic of the market, the survival of the fittest and the evils of the state. But as Beatrice grew up she began to have doubts. Why should the state not intervene in the market to order children out of chimneys and into schools, or to provide sustenance for the hungry and unemployed or to rescue failing industries? In due course Beatrice became one of the leading architects of the welfare state—and a leading apologist for Soviet communism.
The argument about the relative merits of the state and the market that preoccupied young Beatrice has been raging ever since. Between 1900 and 1970 the pro-statists had the wind in their sails. Governments started off by weaving social safety nets and ended up by nationalising huge chunks of the economy. Yet between 1970 and 2000 the free-marketeers made a comeback. Ronald Reagan and Margaret Thatcher started a fashion across the West for privatising state-run industries and pruning the welfare state. The Soviet Union and its outriggers collapsed in ruins.
The era of free-market triumphalism has come to a juddering halt, and the crisis that destroyed Lehman Brothers in 2008 is now engulfing much of the rich world. The weakest countries, such as Greece, have already been plunged into chaos. Even the mighty United States has seen the income of the average worker contract every year for the past three years. The Fraser Institute, a Canadian think-tank, which has been measuring the progress of economic freedom for the past four decades, saw its worldwide “freedom index” rise relentlessly from 5.5 (out of 10) in 1980 to 6.7 in 2007. But then it started to move backwards.
The crisis of liberal capitalism has been rendered more serious by the rise of a potent alternative: state capitalism, which tries to meld the powers of the state with the powers of capitalism. It depends on government to pick winners and promote economic growth. But it also uses capitalist tools such as listing state-owned companies on the stockmarket and embracing globalisation. Elements of state capitalism have been seen in the past, for example in the rise of Japan in the 1950s and even of Germany in the 1870s, but never before has it operated on such a scale and with such sophisticated tools.
State capitalism can claim the world’s most successful big economy for its camp. Over the past 30 years China’s GDP has grown at an average rate of 9.5% a year and its international trade by 18% in volume terms. Over the past ten years its GDP has more than trebled to $11 trillion. China has taken over from Japan as the world’s second-biggest economy, and from America as the world’s biggest market for many consumer goods. The Chinese state is the biggest shareholder in the country’s 150 biggest companies and guides and goads thousands more. It shapes the overall market by managing its currency, directing money to favoured industries and working closely with Chinese companies abroad.
State capitalism can also claim some of the world’s most powerful companies. The 13 biggest oil firms, which between them have a grip on more than three-quarters of the world’s oil reserves, are all state-backed. So is the world’s biggest natural-gas company, Russia’s Gazprom. But successful state firms can be found in almost any industry. China Mobile is a mobile-phone goliath with 600m customers. Saudi Basic Industries Corporation is one of the world’s most profitable chemical companies. Russia’s Sberbank is Europe’s third-largest bank by market capitalisation. Dubai Ports is the world’s third-largest ports operator. The airline Emirates is growing at 20% a year.
State capitalism is on the march, overflowing with cash and emboldened by the crisis in the West. State companies make up 80% of the value of the stockmarket in China, 62% in Russia and 38% in Brazil (see chart). They accounted for one-third of the emerging world’s foreign direct investment between 2003 and 2010 and an even higher proportion of its most spectacular acquisitions, as well as a growing proportion of the very largest firms: three Chinese state-owned companies rank among the world’s ten biggest companies by revenue, against only two European ones (see chart). Add the exploits of sovereign-wealth funds to the ledger, and it begins to look as if liberal capitalism is in wholesale retreat: New York’s Chrysler Building (or 90% of it anyway) has fallen to Abu Dhabi and Manchester City football club to Qatar. The Chinese have a phrase for it: “The state advances while the private sector retreats.” This is now happening on a global scale.
This special report will focus on the new state capitalism of the emerging world rather than the old state capitalism in Europe, because it reflects the future rather than the past. The report will look mainly at China, Russia and Brazil. The recent protests in Russia against the rigging of parliamentary elections by Vladimir Putin, the prime minister, have raised questions about the country’s political stability and, by implication, the future of state capitalism there, but for the moment nothing much seems to have changed. India will not be considered in detail because, although it has some of the world’s biggest state-owned companies, they are more likely to be leftovers of the Licence Raj rather than thrusting new national champions.
Today’s state capitalism also represents a significant advance on its predecessors in several respects. First, it is developing on a much wider scale: China alone accounts for a fifth of the world’s population. Second, it is coming together much more quickly: China and Russia have developed their formula for state capitalism only in the past decade. And third, it has far more sophisticated tools at its disposal. The modern state is more powerful than anything that has gone before: for example, the Chinese Communist Party holds files on vast numbers of its citizens. It is also far better at using capitalist tools to achieve its desired ends. Instead of handing industries to bureaucrats or cronies, it turns them into companies run by professional managers.
The return of history
This special report will cast a sceptical eye on state capitalism. It will raise doubts about the system’s ability to capitalise on its successes when it wants to innovate rather than just catch up, and to correct itself if it takes a wrong turn. Managing the system’s contradictions when the economy is growing rapidly is one thing; doing so when it hits a rough patch quite another. And state capitalism is plagued by cronyism and corruption.
But the report will also argue that state capitalism is the most formidable foe that liberal capitalism has faced so far. State capitalists are wrong to claim that they combine the best of both worlds, but they have learned how to avoid some of the pitfalls of earlier state-sponsored growth. And they are flourishing in the dynamic markets of the emerging world, which have been growing at an average of 5.5% a year against the rich world’s 1.6% over the past few years and are likely to account for half the world’s GDP by 2020.
State capitalism increasingly looks like the coming trend. The Brazilian government has forced the departure of the boss of Vale, a mining giant, for being too independent-minded. The French government has set up a sovereign-wealth fund. The South African government is talking openly about nationalising companies and creating national champions. And young economists in the World Bank and other multilateral institutions have begun to discuss embracing a new industrial policy.
That raises some tricky questions about the global economic system. How can you ensure a fair trading system if some companies enjoy the support, overt or covert, of a national government? How can you prevent governments from using companies as instruments of military power? And how can you prevent legitimate worries about fairness from shading into xenophobia and protectionism? Some of the biggest trade rows in recent years—for example, over the China National Offshore Oil Corporation’s attempt to buy America’s Unocal in 2005, and over Dubai Ports’ purchase of several American ports—have involved state-owned enterprises. There are likely to be many more in the future.
The rise of state capitalism is also undoing many of the assumptions about the effects of globalisation. Kenichi Ohmae said the nation state was finished. Thomas Friedman argued that governments had to don the golden straitjacket of market discipline. Naomi Klein pointed out that the world’s biggest companies were bigger than many countries. And Francis Fukuyama asserted that history had ended with the triumph of democratic capitalism. Now across much of the world the state is trumping the market and autocracy is triumphing over democracy.
Ian Bremmer, the president of Eurasia Group, a political-risk consultancy, claims that this is “the end of the free market” in his excellent book of that title. He exaggerates. But he is right that a striking number of governments, particularly in the emerging world, are learning how to use the market to promote political ends. The invisible hand of the market is giving way to the visible, and often authoritarian, hand of state capitalism.