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jueves, 1 de septiembre de 2016

Lo que no hemos olvidado: Plan Z


Este artículo tiene unos cuantos años y no pierde actualidad 

Juan Cristobal Guarello: Plan Z

agosto 22, 2013 1:57 

Juan Cristobal Guarello: Plan Z
Juan Cristobal Guarello: Plan Z

Ahora que se cumplen 40 años del golpe de estado , también está de aniversario el mayor montaje de la historia chilena: el Plan Z eta. De manera resumida y sencilla se trataba de un plan entre el Mir, el ala dura del PS, Salvador Allende y el servicio secreto cubano para dar un autogolpe el 19 de septiembre de 1973. Ese día unos 10 mil miristas más otros 10 mil agentes extranjeros fundamentalmente cubanos (el número siempre fue impreciso, se habló de 20 mil, 30 mil, 40 mil…), sorprenderían a las Fuerzas Armadas chilenas minutos antes de desfilar en el Parque O’Higgins, y las ametrallarían sin piedad.

A esa misma hora Salvador Allende estaría dando un almuerzo a los comandantes en jefes. En un momento el Presidente abandonaría el comedor de su casa en Tomás Moro, señal para que un grupo del GAP irrumpiera en el lugar y asesinara a sangre fría a los generales, militares y brigadieres. En las horas siguientes grupos armados recorrerían el barrio alto asesinando familias “burguesas”, empresarios, líderes opositores, deportistas, cantantes… El Plan Zeta tenía por objetivo instaurar una dictadura comunista y sus maquinadores estimaban las bajas entre 100 mil y 500 mil capitalistas, explotadores y momios.

El Congreso Nacional sería reemplazado por un soviet supremo que funcionaría en el edificio Diego Portales. Incluso los periodistas más fanáticos del régimen militar comentaron que el plan contemplaba reemplazar la bandera chilena por una nueva de color rojo con una estrella negra.
¿Una mala novela de Tom Clancy? ¿Un libreto de pacotilla rechazado en la portería de la Paramount? ¿Una conversación de curados? No. Esta historia chiflada y ridícula, con matices, adiciones y omisiones, fue presentada durante los 17 años de la dictadura de Augusto Pinochet como el principal argumento para dar el golpe de Estado y luego exterminar a los opositores.

Así, tal como la describí en el primer párrafo, sin agregarle ni quitarle nada, fue expuesta en los medios de comunicación, replicada en libros, entrevistas, documentales e incluso en textos de historia escritos en los años posteriores al golpe. Los conocidos periodistas Hernán Millas y Emilio Filippi se tragaron el sapo y pusieron un capítulo sobre el Plan Zeta en su libro “UP Anatomía de un fracaso”.
Las pruebas presentadas para justificar la existencia de ese maquiavélico y desmesurado plan eran sorprendentes por lo pobres, dispersas y mal elaboradas. Un pegoteo de textos sin orden general, donde había algunos instructivos de autodefensa del PS, unas cuantas fotos de armamento y documentos inconexos, que fue llamado “El libro blanco del cambio de gobierno de Chile”. La obra, escrita por el historiador Gonzalo Vial Correa y supervisada por el almirante Patricio Carvajal, era una sucesión de vaguedades donde no se especificaba nada, ni se daban fechas, ni quiénes eran los cerebros, ni los coordinadores, y así un sinfín de cabos sueltos. Vial fue premiado posteriormente con el Ministerio de Educación y hasta el día de su muerte, el 2009, insistió que el Plan Z era verdad.

Cualquier análisis mínimo desmontaba el tinglado. Si había 10 mil guerrilleros cubanos, ¿cómo el 12 de septiembre no quedaba ninguno? ¿Dónde quedaron los 20 mil fusiles AK 47 que se necesitaban? ¿Dónde funcionaría el centro de comandos? ¿Dónde los campamentos guerrilleros?

Como era normal entonces, nadie hizo estas preguntas básicas. La zalagarda del Plan Zeta vivió por mucho tiempo. Incluso se consideraba de “buen tono” en los sectores acomodados señalar que “Toda mi familia figuraba en el Plan Z. Yo, la gorda, los niños, todos…”. Recuerdo todavía en 1987 alguna ingenua y adolescente amiga que defendía a Pinochet con el argumento de que su papá era uno de los condenados por el dichoso plan…

Más allá de la anécdota que significaba sacarle lustre aristocrático a la condición de supuesta víctima del plan, muchos de los detenidos posteriormente al golpe de Estado fueron salvajemente torturados por no revelar a sus captores detalles del Plan Zeta. Los mandos medios y bajos, que se ensuciaron las manos con sangre mientras llegaban las órdenes desde arriba, no fueron informados de la falsedad del asunto, y como buenos patriotas de la picana y la violación, salieron a la caza de información para evitar que los sucios comunistas cambiaran la bandera chilena por un trapo rojo. Testimonios sobran de esto en Tres y Cuatro Álamos, Villa Grimaldi y otros centros de detención. Hombres y mujeres torturados hasta la muerte por negarse a hablar del Plan Zeta del cual nada sabían.

Con el tiempo los propios involucrados fueron develando la verdad. Entre los más importantes está el primer secretario de la junta, Federico Willoughby, quien fue el encargado de presentar a la prensa la existencia del Plan Zeta y más tarde revelaría su falsedad completa en varios medios (The Clinic, Informe Especial). Incluso señaló que ya en octubre de 1973 sabía que los documentos presentados en el dichoso Libro Blanco “carecían de todo valor”.

Más importante es el testimonio es el del ex comandante en jefe de la Aviación y miembro de la primera junta del gobierno militar, Gustavo Leigh Guzmán, quien en una entrevista concedida a Alfredo Lamadrid en el programa “Humanamente Hablando” emitido por Mega el 2001, señaló de manera clara: “El Plan Zeta nunca existió”.

La historia, que hasta esta altura suena como otro delirio más de la dictadura, no debe ser olvidada. Se inventó un plan para justificar un golpe de Estado, el exterminio sistemático de chilenos y el intento de perpetuación en el poder. Seguro que con el cuadragésimo aniversario del 11 de septiembre de 1973 no faltarán los pajarracos que volverán a cacarear la existencia del supuesto plan y agregarán que “toda mi familia figuraba en la lista de víctimas”. Tampoco faltarán las cartas al director (Hermógenes Pérez de Arce, Gonzalo Rojas y Alfonso Márquez de la Plata deben estar afilando la pluma) y los medios que intenten, de cualquier forma, justificar o darle un tamiz de verdad al peor y más grosero montaje de toda nuestra historia (supera incluso a la Guerra de don Ladislao en 1920)

Lo cierto es que sí hubo un plan, sin letra precisa, sin publicidad, sin libro blanco. No era de buen tono estar en la lista de víctimas y su objetivo en su gran mayoría eran obreros y estudiantes de sectores populares. Se ejecutó de manera implacable y hasta hoy hay cientos chilenos desaparecidos en piques mineros, cementerios clandestinos, bajo calaminas en el desierto o amarrados a rieles en el fondo del mar. Del Plan Z sabemos que todo es mentira, del plan sin nombre nunca sabremos toda la verdad

Lo que no hemos olvidado: Plan Z


Juan Cristobal Guarello: Plan Z

agosto 22, 2013 1:57 

Juan Cristobal Guarello: Plan Z
Juan Cristobal Guarello: Plan Z

Ahora que se cumplen 40 años del golpe de estado , también está de aniversario el mayor montaje de la historia chilena: el Plan Z eta. De manera resumida y sencilla se trataba de un plan entre el Mir, el ala dura del PS, Salvador Allende y el servicio secreto cubano para dar un autogolpe el 19 de septiembre de 1973. Ese día unos 10 mil miristas más otros 10 mil agentes extranjeros fundamentalmente cubanos (el número siempre fue impreciso, se habló de 20 mil, 30 mil, 40 mil…), sorprenderían a las Fuerzas Armadas chilenas minutos antes de desfilar en el Parque O’Higgins, y las ametrallarían sin piedad.

A esa misma hora Salvador Allende estaría dando un almuerzo a los comandantes en jefes. En un momento el Presidente abandonaría el comedor de su casa en Tomás Moro, señal para que un grupo del GAP irrumpiera en el lugar y asesinara a sangre fría a los generales, militares y brigadieres. En las horas siguientes grupos armados recorrerían el barrio alto asesinando familias “burguesas”, empresarios, líderes opositores, deportistas, cantantes… El Plan Zeta tenía por objetivo instaurar una dictadura comunista y sus maquinadores estimaban las bajas entre 100 mil y 500 mil capitalistas, explotadores y momios.

El Congreso Nacional sería reemplazado por un soviet supremo que funcionaría en el edificio Diego Portales. Incluso los periodistas más fanáticos del régimen militar comentaron que el plan contemplaba reemplazar la bandera chilena por una nueva de color rojo con una estrella negra.
¿Una mala novela de Tom Clancy? ¿Un libreto de pacotilla rechazado en la portería de la Paramount? ¿Una conversación de curados? No. Esta historia chiflada y ridícula, con matices, adiciones y omisiones, fue presentada durante los 17 años de la dictadura de Augusto Pinochet como el principal argumento para dar el golpe de Estado y luego exterminar a los opositores.

Así, tal como la describí en el primer párrafo, sin agregarle ni quitarle nada, fue expuesta en los medios de comunicación, replicada en libros, entrevistas, documentales e incluso en textos de historia escritos en los años posteriores al golpe. Los conocidos periodistas Hernán Millas y Emilio Filippi se tragaron el sapo y pusieron un capítulo sobre el Plan Zeta en su libro “UP Anatomía de un fracaso”.
Las pruebas presentadas para justificar la existencia de ese maquiavélico y desmesurado plan eran sorprendentes por lo pobres, dispersas y mal elaboradas. Un pegoteo de textos sin orden general, donde había algunos instructivos de autodefensa del PS, unas cuantas fotos de armamento y documentos inconexos, que fue llamado “El libro blanco del cambio de gobierno de Chile”. La obra, escrita por el historiador Gonzalo Vial Correa y supervisada por el almirante Patricio Carvajal, era una sucesión de vaguedades donde no se especificaba nada, ni se daban fechas, ni quiénes eran los cerebros, ni los coordinadores, y así un sinfín de cabos sueltos. Vial fue premiado posteriormente con el Ministerio de Educación y hasta el día de su muerte, el 2009, insistió que el Plan Z era verdad.

Cualquier análisis mínimo desmontaba el tinglado. Si había 10 mil guerrilleros cubanos, ¿cómo el 12 de septiembre no quedaba ninguno? ¿Dónde quedaron los 20 mil fusiles AK 47 que se necesitaban? ¿Dónde funcionaría el centro de comandos? ¿Dónde los campamentos guerrilleros?

Como era normal entonces, nadie hizo estas preguntas básicas. La zalagarda del Plan Zeta vivió por mucho tiempo. Incluso se consideraba de “buen tono” en los sectores acomodados señalar que “Toda mi familia figuraba en el Plan Z. Yo, la gorda, los niños, todos…”. Recuerdo todavía en 1987 alguna ingenua y adolescente amiga que defendía a Pinochet con el argumento de que su papá era uno de los condenados por el dichoso plan…

Más allá de la anécdota que significaba sacarle lustre aristocrático a la condición de supuesta víctima del plan, muchos de los detenidos posteriormente al golpe de Estado fueron salvajemente torturados por no revelar a sus captores detalles del Plan Zeta. Los mandos medios y bajos, que se ensuciaron las manos con sangre mientras llegaban las órdenes desde arriba, no fueron informados de la falsedad del asunto, y como buenos patriotas de la picana y la violación, salieron a la caza de información para evitar que los sucios comunistas cambiaran la bandera chilena por un trapo rojo. Testimonios sobran de esto en Tres y Cuatro Álamos, Villa Grimaldi y otros centros de detención. Hombres y mujeres torturados hasta la muerte por negarse a hablar del Plan Zeta del cual nada sabían.

Con el tiempo los propios involucrados fueron develando la verdad. Entre los más importantes está el primer secretario de la junta, Federico Willoughby, quien fue el encargado de presentar a la prensa la existencia del Plan Zeta y más tarde revelaría su falsedad completa en varios medios (The Clinic, Informe Especial). Incluso señaló que ya en octubre de 1973 sabía que los documentos presentados en el dichoso Libro Blanco “carecían de todo valor”.

Más importante es el testimonio es el del ex comandante en jefe de la Aviación y miembro de la primera junta del gobierno militar, Gustavo Leigh Guzmán, quien en una entrevista concedida a Alfredo Lamadrid en el programa “Humanamente Hablando” emitido por Mega el 2001, señaló de manera clara: “El Plan Zeta nunca existió”.

La historia, que hasta esta altura suena como otro delirio más de la dictadura, no debe ser olvidada. Se inventó un plan para justificar un golpe de Estado, el exterminio sistemático de chilenos y el intento de perpetuación en el poder. Seguro que con el cuadragésimo aniversario del 11 de septiembre de 1973 no faltarán los pajarracos que volverán a cacarear la existencia del supuesto plan y agregarán que “toda mi familia figuraba en la lista de víctimas”. Tampoco faltarán las cartas al director (Hermógenes Pérez de Arce, Gonzalo Rojas y Alfonso Márquez de la Plata deben estar afilando la pluma) y los medios que intenten, de cualquier forma, justificar o darle un tamiz de verdad al peor y más grosero montaje de toda nuestra historia (supera incluso a la Guerra de don Ladislao en 1920)

Lo cierto es que sí hubo un plan, sin letra precisa, sin publicidad, sin libro blanco. No era de buen tono estar en la lista de víctimas y su objetivo en su gran mayoría eran obreros y estudiantes de sectores populares. Se ejecutó de manera implacable y hasta hoy hay cientos chilenos desaparecidos en piques mineros, cementerios clandestinos, bajo calaminas en el desierto o amarrados a rieles en el fondo del mar. Del Plan Z sabemos que todo es mentira, del plan sin nombre nunca sabremos toda la verdad

jueves, 5 de septiembre de 2013

Allende: no más humillaciones

*Juan Guillermo Tejeda es artista visual y académico de la Universidad de Chile.
Pueden dar los especialistas las cifras anglosajonas que quieran, y medir aquí o allá la pobreza, el analfabetismo, la desnutrición infantil, el clasismo, las dolorosas migraciones campo-ciudad, las diferencias abismantes de ingreso, todo ello en los sesenta y principios de los setenta. Aparecían recién, como novedad los economistas. Felipe Herrera, Raúl Prebisch, Víctor Raúl Haya de la Torre empezaban a organizar, desde organismos como la Cepal, la mirada científica sobre el subdesarrollo, que en eso estábamos.
En eso llegó Allende, un personaje firme pero algo confuso, misceláneo podríamos decir. Masón y librepensador por un lado, digno miembro de la estirpe de su abuelo el radical y rojo Allende Padín que fuera Gran Maestre de la Masonería, fogueado parlamentario republicano de acuerdos, coaliciones, reuniones y pasillos, y presidente del Senado, miembro activo por otra parte de las juventudes socialistas y del PS, vistiendo en ocasiones el uniforme de miliciano, lo que abría paso a sus aspiraciones revolucionarias, joven ministro de Salubridad de don Pedro Aguirre Cerda, hombre, por otra parte, profundamente humanista, hedonista, celebrador de la vida y de sus regalos, amigo de la buena comida, de la buena ropa, del arte y la buena literatura, galante, ocurrente como su padre.
De toda esta amalgama tan chilena sacó en limpio Allende quizá una sola cosa: la dignidad. Chile era entonces y lo sigue siendo, en gran medida, un país de humillados.
Recorrió incansablemente Chile, una y otra vez, en sus sucesivas campañas presidenciales frustradas, una y otra vez por la terca apatía de los votos. Por fin, en 1970, Allende lo consigue y logra una primera mayoría relativa. Convertido en Presidente, da una conferencia de prensa en tenida algo combativa, una chaqueta de cuero algo ceñida, y anuncia sus primeras medidas. El programa de gobierno de la Unidad Popular era, visto con ojos de hoy, un programa demencial, irrealizable: reforma agraria rápida, drástica y masiva, que consistía en liquidar el latifundio vigente desde la colonia; constitución del área social de la economía nacionalizando unas cien grandes empresas; nacionalización del cobre enfrentando a poderosas compañías norteamericanas; reforma educacional para contrarrestar el poderío de los curas en la enseñanza; sistema de abastecimiento estatal de bienes de consumo familiares saltándose los canales comerciales, y mejor no seguir.
Pero Allende, una y otra vez, logra tocar tras muchas vueltas el bendito clítoris sensible, maltratado, pero aún gozoso, de la chilenidad, y como buen político intuye él que se trata de una chilenidad humillada. Hasta los ricos más ricos son humillados por los gringos. Y los de clase media por los ricos. Y los pobres por los de clase media. Chile es un país humillado, el deporte nacional es humillar o ser humillados, y Allende, en medio del caos de su gobierno, mantiene el control porque la gente sabe lúcidamente o con oscuridad que la humillación, con él, se terminó.
A Allende le va bien en su programa de reformas, que se van haciendo a gran velocidad con el apoyo de los sindicatos y de la calle, pero le va menos bien en el estado de la economía no ya sólo en términos macroeconómicos, sino también en la lucha de la dueña de casa o del estudiante por el diario trozo de mortadela. Logra nacionalizar el cobre (de lo que hasta hoy disfrutamos, incluidas las Fuerzas Armadas), pero el ambiente interno es denso, irrespirable. Hay en marcha una insurrección en contra de Allende. Onofre Jarpa es el líder patriarcal campesino, Jaime Guzmán la inteligencia penetrante y activa. Los democratacristianos se sienten, con razón, ajenos a las acciones de Allende. La gente está inquieta.
Pero Allende, una y otra vez, logra tocar tras muchas vueltas el bendito clítoris sensible, maltratado, pero aún gozoso, de la chilenidad, y como buen político intuye él que se trata de una chilenidad humillada. Hasta los ricos más ricos son humillados por los gringos. Y los de clase media por los ricos. Y los pobres por los de clase media. Chile es un país humillado, el deporte nacional es humillar o ser humillados, y Allende, en medio del caos de su gobierno, mantiene el control porque la gente sabe lúcidamente o con oscuridad que la humillación, con él, se terminó.
Haremos cola para la parafina, compraremos galletas de agua en lugar de pan, nos contentaremos con las telas de Yarur estatizada, es igual. Se terminó la humillación.
¡Cómo sufrían los momios! Era un agrado verlos hacer sus declaraciones de impuestos, que hasta entonces pagaban sólo nominalmente. Era grato y, al mismo tiempo, terrible ver cómo debían luchar para mantener el patrimonio que desde tiempos inmemoriales había pertenecido a sus familias. Habían sido educados en una cultura de la humillación al otro, de la falta de solidaridad, una cultura profundamente conservadora, católica, agraria, clasista, racista, integrista, de cierta felicidad un poco lenta. Casas de fundo. Primogénitos divirtiéndose en París. Huevos chimbos. Vestidos franceses y autos llegados por barco. Y ahora estaba en la calle este pueblo unido que les pedía cuentas, una masa humana que no se sentía ya humillada sino más bien enardecida, pero sobre todo con una extraña paz.
Paz que duraría poco. El estado de humillación nacional se reinstauró en la madrugada del 11 de septiembre de 1973, bajo el vuelo de aviones y helicópteros a cargo de las cuatro ramas de las Fuerzas Armadas. Y Allende, que había hecho presente varias veces su amor por la vida, por la buena vida, cumplió también su palabra de no ser derrocado, de no ser sacado de su escritorio presidencial, de resistir hasta el final. De no ser humillado.
No sabemos si sabría él lo que dejaba detrás suyo, ese desastre que nos tocó vivir tras su muerte. Es verdad que fue un caballero con su personal, ordenándoles a todos que abandonaran el Palacio ya bombardeado y humeante, y de todos se despidió con un cálido apretón de manos, él en tenida de combate de Jefe del Estado, con el casco en la cabeza. Una vez que quedó solo, se retiró a su despacho, se encasquetó el cañón de su fusil ametralladora (que le había regalado fatídicamente Fidel) y disparó, desparramándose su cráneo y cerebro por las paredes. Poco después entraban al Palacio de La Moneda las tropas comandadas por el general Palacios, y comenzaba en Chile la cacería humana a cargo de militares, funcionarios, delatores y otras hienas.
La Junta Militar de Gobierno se encargó de dejar claro, desde el principio, que los tiempos de dignidad habían terminado. Sólo el general Bonilla fue siempre atento a este matiz, y dijo entre otras cosas que sabía él que cada cual tenía su camiseta política aunque, por ahora, la idea era seguir llevándola, pero no mostrarla. Poco después estallaría en el aire el helicóptero del general Bonilla. Una misión técnica que se ocupó de investigar las causas del accidente sufrió un percance similar, muriendo también sus integrantes. Nadie siguió investigando.
La humillación a la que se opuso Allende empapó entonces hasta los tuétanos el alma de Chile. Morir es horrible, pero al final moriremos todos. Lo humillante es que venga alguien y te diga a ti y a tus familiares cuándo y de qué forma has de morir. Lo humillante es convertir a un mortal de pocas luces y mala baba como Pinochet en árbitro del misterio de la muerte. La tortura es una degradación sin límites, donde chapotearon los pinochetistas, y los gritos de los torturados no los oían los que entonces eran alcaldes de Pinochet y hoy calientan asiento en el Senado o en la Cámara de Diputados. Y seguían, sin duda, los torturadores instrucciones de manuales norteamericanos, que eran similares en Argentina o en Uruguay.
Enlodaron Pinochet y sus amigos a las Fuerzas Armadas, y no dejaron espacio en ellas para los militares chilenos de toda la vida, recios, escasos quizá de imaginación, pero rectos y con sentido del servicio público.
Entró a gobernar el país una cáfila de humilladores de distintas procedencias. Y los chilenos tragábamos, gateábamos, reptábamos. No sólo los más perseguidos. También los más del medio, cuando se llevaban a un vecino y había que mejor no preguntar, o cuando exoneraban a aquellos que según la Evelyn era para después cobrar una pensión reparatoria, y se quedaban esas personas con hijos y sin trabajo y sin nadie que les quisiera dar trabajo, porque eran apestados, parias.
Y dentro del catálogo de humillaciones directas o indirectas de Pinochet, la señora Lucía, doña Margarita Riofrío de Merino, las damas de distintos colores del voluntariado, el PEM y el POHJ, la carreta de huasos del esquinazo, los entonces alcaldes Cristi, Melero, Cantero, Orpis, Moreira, Kuschel, García Ruminot, Prokurica, Pérez Varela, los repugnantes lectores de noticias fecales de los canales de televisión y para qué seguir, dentro de ese manual de miseria humana donde humillar ideológicamente al otro, humillarlo físicamente, humillarlo analmente con perros, humillarlo con desahucios habitacionales, humillarlo con exilios y campos de concentración y centros de tortura especializados e insonorizados, dentro de ese asco que jamás había ocurrido en nuestro pobre país, había seres cándidos que no se daban cuenta.
Joaquín Lavín se enteró recién con Aylwin de toda aquella pesadilla. Iván Moreira solo vio las cosas buenas. Evelyn Matthei tenía solamente veinte, o veintiuno, o veinticinco, o treinta, o treinta y siete años, y no se percataba. Adoradores de la humillación humana. Secretos gozadores del gozo de tener a los demás sometidos.
Cuarenta años después se van cayendo a pedazos todos estos seres. Y las rarezas que tenemos en el binominal o en la Constitución, en la educación o en la salud son ramales de aquella gesta humilladora del 11 de septiembre de 1973 que hasta el día de hoy nos tiene tragando fango.
Podemos divisar y recoger hoy, a la distancia, en 2013, la dignidad de Allende, su lucha ineficaz pero firme en contra de la humillación colectiva de un país. Es quizá el momento de hacerle un saludo, y debiéramos levantarle un nuevo monumento porque ese que existe lo hizo alguien que de dignidad sabía poco porque, según dijo, si le pagaban correctamente hacía feliz uno de Pinochet.
Lo que busca en estos días la gente cuando ve “Las imágenes prohibidas”, o lo que intuyen los jóvenes en el vintage que es hoy Allende, es quizá esa dignidad, esa lejana firmeza republicana, humanista, que nos lleva a decir que ‘no’ a la humillación.
Firmeza que debiera permitirnos barrer y echar de la vida pública remunerada por el Estado a todos aquellos humilladores profesionales que han pervertido a nuestro país, han enlodado a nuestras tradiciones y, por cierto, no nos han traído la felicidad, sino un espeso estado general de desasosiego, algo siempre desagradable e inmasticable. Eso que puede adoptar muchas formas, a veces microscópicas, eso que se llama humillación y que es igual de letal que la muerte pero más invisible, menos comprobable. No más humillaciones.
www.elmostrador.cl/opinion/2013/09/05/allende-no-mas-humillaciones/