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lunes, 17 de marzo de 2014

Los 10 trucos de los lobistas para doblar la voluntad de un Gobierno, revelados por The Guardian

14-03-2014
Los cantos de sirena de los lobbies influyen en las decisiones de gobierno. Por lo general, operan a puerta cerrada, a través de una negociación reposada con los políticos. La influencia de que gozan se construye conscientemente, con una serie de tácticas. The Guardian revela los 10 trucos de los lobistas para doblar la voluntad del Gobierno. “Nuestra influencia aumenta cuando pasa desapercibida por el público”, declara un lobista que guarda el anonimato. El líder conservador David Cameron afirma que los lobistas socavan la confianza en el sistema político. En un discurso aseguró que iba a obligar a los ex ministros a esperar dos años antes de que se les permita fichar por los lobbies.
Estos son los 10 pasos clave, resumidos por La Celosía, para hacer lobby a favor de las empresas y doblar la voluntad del gobierno.

1. Controle el suelo

Los grupos de presión tienen éxito por ser dueños de los términos del debate. Si una discusión pública sobre el impacto medioambiental de una empresa no es bienvenida, los lobistas le buscarán el foro adecuado, fuera de los medios de comunicación, hasta conseguir que las voces disidentes sean marginales e irrelevantes. Todos lo hacen, desde los lobbies a favor del fracking y la energía nuclear, a la reforma del sector público o la regulación bancaria.

2. Haga girar los medios de comunicación

El truco está en saber cuándo se debe utilizar la prensa. Cuanto más ruido hay, los grupos de presión menos control tienen. Los medios de comunicación son necesarios para hablar con el gobierno. Los mensajes son cuidadosamente elaborados. Si el objetivo es el lucro interesado, se maquilla para aparecer como tema del interés nacional. Los argumentos a favor del crecimiento económico y el empleo siempre calan. Las reformas radicales del Sistema Nacional de Salud (NHS) crearon gran controversia. Al final se centró el debate en la supervivencia del NHS en tiempos de estrecheces y apenas nadie menciona los beneficios que se obtendrían.

3. Fabrique seguidores

No ayuda si una corporación se presenta en solitario al gobierno. Eso se parece a una defensa especial. Lo que se necesita es una masa crítica de voces cantando a su melodía. Esto puede ser diseñado. El punto fuerte de la firma de cabildeo Westbourne es en la movilización de voces detrás de sus clientes . Treinta economistas, por ejemplo, firmaron una carta al FT en 2011 en apoyo de HS2; 100 empresas apoyaron otra publicada en el Daily Telegraph. Westbourne también fue contratado en 2011 para cabildear en contra de la tasa máxima del impuesto, a pesar de que estaba detrás de su “campaña de impuesto 50p” sigue siendo un misterio.

4. Compre credibilidad

Las empresas son una de las fuentes de información menos creíbles para el público. Lo que necesitan, por lo tanto, son auténticas personas, aparentemente independientes, para llevar su mensaje. Un grupo de presión nuclear admitió que difundió mensajes a través de la opinión de terceros para evitar que el público sospechara. Las compañías de tabaco son pioneras de esta técnica. British American Tobacco financia la Alianza del sentido común , que es liderada por dos ex policías y campañas contra la regulación “irracional”. Philip Morris está pagando de manera similar al frente de una campaña de medios que une el empaquetado genérico para el contrabando de tabaco.

5. Patrocine un think tank

Algunos think tanks proporcionarán empresas con un paquete de lobby: un informe mediático, un evento de Westminster, etcétera. “Exactamente los mismos servicios que una agencia de lobby proporcionaría. Sólo son más caros”, revela un lobista. Las aseguradoras utilizan think tank, para favorecer su postura en la financiación basada en seguros privados y en el servicio de salud. Prudential, el gigante de los seguros detrás PruHealth, era el más generoso patrocinador de la Reforma en 2012, invirtiendo £ 67.500 en el centro de estudios .La BBC ha sido criticada por invitar repetidamente a los comentaristas del think tank neoliberal Instituto de Asuntos Económicos (IEA), para hablar de su oposición al empaquetado genérico de los cigarrillos, sin dar a conocer los fondos que recibe del tabaco.

6. Consulte a sus críticos

Las empresas plantean en ocasiones acciones que provocan la ira de la comunidad local. ”Tienen que ser capaces de predecir el riesgo y obtener inteligencia sobre posibles problemas”, dice el ex lobista Tesco Bernard Hughes. ”El ejército solía llamarlo de reconocimiento; lo llamamos la consulta.”
Para algunos la consulta comunitaria – cualquier cosa que se ejecute grupos de discusión, exposiciones, actividades de planificación y reuniones públicas – es un medio para el lavado de la oposición y que proporciona un canal gestionado a través de la cual los aspirantes a los oponentes pueden expresar sus inquietudes.

7. Neutralice a la oposición

Los grupos de presión han desarrollado una escala de tácticas para neutralizar las amenazas de los activistas, representados en muchos casos en organizaciones de consumidores o ecologistas. La agencia Edelman (que fue la que defendió el fallido proyecto Eurovegas para España) monitorea en Internet, para recoger las primeras señales de aviso de la actividad militante. ”La persona que hace mucho ruido, probablemente no es la que tiene influencia, usted tiene que encontrar la influyente”, asegura un experto. Los grupos de presión empleado mucho la táctica de divide y vencerás. Una estrategia de Shell propuso “diferenciar los grupos de interés en amigos y enemigos”, la construcción de relaciones con los primeros, mientras que lo hace “más difícil para los activistas de hardcore para sostener sus campañas”. La estrategia de Philip Morris encubierta de 10 años, cuyo nombre en códigoProyecto Amanecer , la intención de “abrir una brecha entre los diversos grupos antisistema” y “posición antis como extremistas”.

8. Controle la web

El mundo de hoy es una democracia digital, dicen los grupos de presión. Una forma clave paracontrolar la información en línea es inundar la web con información positiva, que no es tan benigna como parece. Agencias de lobby crean blogs falsos para los clientes y los comunicados de prensa que ningún periodista leerá – todo contenido positivo que engaña a los motores de búsqueda en empujar el contenido de prueba por encima de lo negativo-, impulsando la salida de los críticos por los rankings de Google. Basándose en el hecho de que pocos de nosotros hace clic regularmente más allá de la primera página de resultados de búsqueda, los grupos de presión hacen que el contenido negativo “desaparezca”.

9. Abra la puerta

Sin duda, los grupos de presión deben tener acceso a los políticos. La mejor manera de acortar el proceso de construcción de relaciones es contratar a los amigos de los políticos, en forma de ex-empleados o compañeros de trabajo. Bill Morgan es un buen ejemplo. En los últimos años, ha sido al revés y remite dos veces entre la oficina de Andrew Lansley y la salud-lobbying especialistas MHP. Entre sus clientes se habían “obviamente beneficiado” de los conocimientos dentro de Morgan de la política sanitaria conservadora , MHP escribió. Podrían “esperamos continuar a estar en el centro de los grandes debates de política”.
Los grupos de presión son de Westminster y Whitehall información privilegiada, entre ellos muchos ex ministros. ”Usted me puede recordar de mi etapa como Ministro de Estado de Transportes”, escribió Stephen Ladyman como él presionó un potencial cliente del gobierno en su nuevo papel como asesor pagado a una empresa de transporte. ”Yo hago de hecho y estoy encantado de saber de usted”, respondió el oficial. ”Nos interesaría escuchar sus propuestas.” Acaba de abrir la puerta.

10. Y finalmente …

Existe la percepción de que las decisiones adoptadas en el gobierno podrían verse recompensadas con empleo en el futuro. El número de personas que se desplazan a través de la puerta giratoria está fuera de la escala. El peldaño más alto del Departamento de Salud en los últimos años experimentó enorme tráfico hacia el sector privado. El departamento que ve más movimiento que cualquier otro, sin embargo, sigue siendo el Ministerio de Defensa. Desde 1996, los funcionarios y oficiales militares han tomado más de 3.500 puestos de trabajo en los brazos y las empresas relacionadas con la defensa . Doscientos treinta y un puestos de trabajo fueron asegurados sólo en 2011/12. El gobierno es el mayor cliente de la industria armamentística y la cercanía del Ministerio de Defensa a sus proveedores es ampliamente conocida. También está ganando una reputación por sus contratos desastrosamente caros que ofrecen poco valor para los contribuyentes y con frecuencia los malos resultados para los militares. Más de un comentarista ha preguntado si los dos están conectados.
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lunes, 1 de abril de 2013

¿Es esto, todavía, democracia?


¿Es esto, todavía, democracia? El Partido de La Izquierda, frente al sistema alemán de partido único

Oskar Lafontaine · · · · ·

31/03/13

“Mientras los grandes patrimonios –y la estructura social de poder de ellos resultante— sigan formándose de modo que la minoría ‘explote’ el trabajo de la mayoría; mientras eso ocurra, no podrán, lógicamente, imponerse los intereses de la mayoría. En otras palabras: la democracia, que significa un orden social en el que los intereses de la mayoría se imponen, naufraga en el rocallar de las estructuras de poder armadas por el partido único alemán.”

En los próximos meses se representará en Alemania una comedia. La pieza se titula: “El campo de la contienda electoral”. Los papeles principales corresponden a Angela Merkel y Peer Steinbrück. Entre los actores secundarios vemos a Horst Seehofer, Sigmar Gabriel, Philipp Rösler, Jürgen Trittin y el resto del personal dirigente de la CDU/CSU, SPD, FDP y Verdes. Para la Izquierda no está previsto en esta representación papel alguno. Con ayuda de la policía política, de los medios de comunicación en manos de grandes corporaciones privadas y de la radiotelevisión de titularidad pública se hará todo lo posible para echar de la pasarela del capitalismo al incómodo partido.

El lenguaraz escritor norteamericano Gore Vidal lo dejó dicho hace ya unos cuantos años: “La democracia es manifiestamente un lugar en el que se da un sinnúmero de elecciones con inmensos costes sin asuntos programáticos de por medio y con candidatos intercambiables”. Para él no había ya en los EEUU varios partidos, sino “un sistema de partido único con dos alas derechas” trabajando a favor de los intereses de las grandes empresas privadas. Y no veía en los medios de comunicación sino instrumentos de propaganda para la conservación de las relaciones sociales de poder.

Se podrá descontar la opinión de Gore Vidal como exageración literaria de un escritor, pero lo cierto es que Heribert Prantl acaba de ofrecernos en la Süddeutschen Zeitung una traslación del juicio de Gore Vidal sobre la política en EEUU a las elecciones alemanas en curso para el Parlamento Federal:

“El campo de la contienda electoral es una disputa electoral que propiamente no existe ya… El campo de la contienda electoral es un término malhadado, por mucho que lo acuñara Heiner Geißler. Lo que Geißler quiso significar en su día, existía en su día como tal. Había posiciones encontradas, opuestas, en todas las cuestiones fundamentales de la política: política exterior, política económica, política energética, política migratoria… Las diferencias fundamentales entre los partidos (exceptuada la Izquierda) han desaparecido.”
Americanización

La cosa no ofrece duda: la americanización de la política alemana ha llevado a que hoy, también en Alemania, haya un sistema de partido único con cuatro alas, para seguir con la imagen de Gore Vidal. Las alas se llaman CDU/CSU, SPD, FDP y Verdes, y actúan todas, unas veces más, otras veces menos, a favor de los intereses de los bancos y de las grandes empresas, como lo prueban la política fiscal de los últimos años y el sinnúmero de rescates bancarios aprobados. Afirman todos sin reservas un orden económico en el que la desigual distribución del ingreso, del patrimonio y del poder lleva a que una minoría haga trabajar en su propio beneficio a una mayoría, dando a esa mayoría salarios y participaciones subalternas muy por debajo de lo que corresponde al pleno rendimiento de su trabajo. En oposición al partido único federal alemán, la Izquierda dice: la propiedad debería dimanar sólo del propio hacer, del propio trabajo, y no de lograr que otros trabajen para uno. Mientras los grandes patrimonios –y la estructura social de poder de ellos resultante— sigan formándose de modo que la minoría “explote” el trabajo de la mayoría; mientras eso ocurra, no podrán, lógicamente, imponerse los intereses de la mayoría.

En otras palabras: la democracia, que significa un orden social en el que los intereses de la mayoría se imponen, naufraga en el rocallar de las estructuras de poder armadas por el partido único alemán.

Mientras no se ataquen esas estructuras, asistiremos a los sumo a pugnas de cara a la galería y a crispadas disputas en torno a objetivos secundarios de batallitas menores. Cuanto menos se diferencian las posiciones políticas fundamentales unas de otras, tanto más ruidosa debe ser la grita, a fin de dar la impresión de que el campo de la contienda electoral se mantiene vivo. De aquí el juicio de Heribert Prantl: “Es lo más probable que, pese a toda la faramalla organizada en torno a la política de rentas, no haya en toda Alemania más de mil personas capaces de poder deletrear las diferencias entre la CDU y la SPD. Y lo mismo ocurre con otras políticas”. También el diario [conservador] Frankfurter Allgemeine Zeitung habla de un campo de contienda electoral “impropio”.

Tampoco hay que dejarse cegar por los “casos de plagio” roji-verde. Con gran diligencia socialdemócratas y Verdes han venido haciendo suyas, con modificaciones y desnaturalizaciones varias, tradicionales propuestas políticas de la Izquierda, a fin de hacer olvidar los desastres sociales causados por las políticas que desarrollaron durante sus años de gobierno en coalición: relaciones laborales precarizadas, salarios ínfimos, pauperización de la vejez, destrucción de los sistemas sociales de seguridad.

Plagian, desde luego, la idea del salario mínimo, y lo mismo puede decirse respecto de las timoratas propuestas con que ahora pretenden:

* mejorar las jubilaciones y elevar un tanto el bajo nivel de las prestaciones ofrecidas desde su contrarreforma del Hartz-IV;

* rebajar el copago sanitario y las matrículas universitarias;

* poner coto al trabajo temporal y a los contratos externalizados de obra;

* aumentar los tipos fiscales marginales altos, gravar fiscalmente el patrimonio, las rentas de capital y las transacciones financieras;

* limitar los alquileres, los precios de la energía y los intereses por descubiertos bancarios;

* introducir eurobonos;

* retirar licencias a los bancos que facilitan la evasión fiscal;

* promover la separación entre banca comercial y banca de inversión;

* limitar las remuneraciones de los ejecutivos;

* exigir responsabilidad a los acreedores y proceder a quitas de deuda.

Eso, por limitarnos a unos cuantos ejemplos.

El robo de ideas no puede confundir a nadie: la SPD y los Verdes, lo mismo que CDU/CSU y FDP, son y serán, llegado el caso, secciones leales al sistema del partido alemán federal único. Han votado todos de consuno a favor de modificar la Constitución para imponer un tope de deuda; de consuno han votado todos a favor del Pacto Fiscal europeo, así como por los distintos rescates. Lo que muestra que el “campo de la izquierda”, SPD y Verdes, no ha roto amarras con sus viejas y catastróficas políticas del Hartz-IV y de la Agenda-2010. El Pacto Fiscal significa el afianzamiento de esta brutal política de recortes para toda Europa. Sólo por eso se avilantan la SPD y los Verdes a llamarse a sí mismos partidos europeos: porque han interiorizado y hecho suya con descaro la idea de una Europa de mercados libres y grandes empresas como la única Europa posible.
Minas sin estallar sembradas por toda Europa
De medirse la realidad social conforme a la intención política declarada, no resultaría un juicio demasiado duro decir que ambos protagonistas “de izquierda” del actual “campo de contienda electoral” son como artefactos explosivos sin detonar abandonados por toda Europa. El Consejo Europeo resolvió en Lisboa, en diciembre de 2010, con la colaboración del Canciller roji-verde Schröder, “hacer de la UE el espacio económico basado en el conocimiento más competitivo y dinámico del mundo: un espacio económico capaz de crecimiento duradero, con más y mejores puestos de trabajo y una mayor cohesión social”. Esa era la intención declarada. ¿Cómo es la realidad?

Los jóvenes europeos de hoy que, crecientemente azotados por el paro, lean esto estarán plenamente justificados para dudar de la capacidad de juicio y aun del equilibrio mental de esos estadistas. ¿Cuándo comprenderán los políticos del partido alemán único que un sistema económico que tiene como fin la maximización de los beneficios y del patrimonio de la minoría necesariamente ha de traer consigo situaciones como las que estamos observando hoy en Europa?

En ese contexto resulta un chiste de pésimo gusto oír decir de consuno a CDU/CSU, SPD, FDP y Verdes que quieren poner la justicia social en el centro del “campo de contienda electoral”.

Es lógico también –porque está en la naturaleza del sistema— que ambos “campos” coincidan en convertir las guerras por los derechos humanos en el instrumento esencial de su política exterior. De manera inigualable ha estampado el Príncipe Harry la quintaesencia de esta nueva era de la política exterior alemana en la primera plana del diario sensacionalista Bild: “Resulta sin duda notable en este contexto que políticos de la SPD y de los Verdes criticaran con tal acritud a Merkel y a Westerwelle, acusándoles de que el gobierno federal no colaborara en la guerra de Libia.”
El rasgo que hace único al Partido de la Izquierda
La Izquierda, y eso lo sabe la gran mayoría de sus partidarios y de sus miembros, sólo puede justificar su existencia y sólo puede sostenerse con éxito en las contiendas electorales, si no se convierte en un ala más del partido único. El rasgo que la hace única es abogar por un orden económico en el que todos reciban el pleno importe del trabajo realizado. Esa constitución económica lleva a empresas democráticas cooperativas, y no a estructuras económicas autoritarias con trabajo temporal, contratos de obra, sueldos paupérrimos y minijobs. Lleva a una política exterior pacífica, que busca asegurarse las materias primas con el comercio, y no con guerras de derechos humanos.

Con ese transfondo resulta claro porqué SPD y Verdes vienen rechazando tajantemente desde hace años las repetidas ofertas de colaboración de la Izquierda. Los políticos del partido único alemán quieren arreglarse entre sí. Rechazan las reformas estructurales que podrían cambiar la constantemente creciente desigualdad en la distribución del bienestar y de las oportunidades en Alemania. Los programas electorales de la SPD y de los Verdes, que incorporan, más o menos desleídas, propuestas del Partido de la Izquierda, sirven sólo para enmascarar la realidad. Las electoras y los electores no deben percatarse de que detrás de esas proclamas no hay la menor intención de ponerlas por obra. Como dijo el otrora Gran Maestro de las campañas electorales socialdemócratas Franz Münterfering: “Es injusto valorar a los partidos, después de las elecciones, conforme a sus promesas electorales”.

El susodicho campo de contienda electoral es una farsa. Las electoras y los electores tendrán la experiencia de un dejà-vu. Luego de las elecciones, todo será en Alemania como antes de las elecciones, cualesquiera que sean los políticos y las fracciones del partido único que formen el gobierno federal. Asombrosamente, los representantes de la economía alemana manifiestan a hurtadillas su preferencia por un gobierno federal roji-verde. El antiguo jefe de la BDI [la organización de la patronal industrial alemana], Keitel, lo resumió así: “Cuando un país necesita hacer reformas político-económicas, lo mejor es que el gobierno que las lleve a cabo no tenga un color político demasiado sospechoso de favorecer a los empresarios.”
Oskar Lafontaine es Presidente del grupo de La Izquierda en el Parlamento del Sarre. Entre 2007 y 2010 fue el Presidente del Partido de La Izquierda.

Traducción para www.sinpermiso.info: Miguel de Puñoenrostro
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Junge Welt, 28 marzo 2013

domingo, 24 de julio de 2011

Democracia y justa indignación ADELA CORTINA 24/07/2011

En un reciente artículo publicado en este mismo diario, Antoni Doménech y Daniel Raventós proponían alternativas viables para ayudar a salir de este caos económico y político, que perjudica a todos, pero especialmente a los más débiles. No puedo estar más de acuerdo, y quisiera insistir en que hay alternativas a lo que sucede, alternativas que pasan por construir democracias auténticas y por dar cuerpo con nuevas fórmulas al Estado Social de Justicia, la gran aportación de Europa. En ello y en el diseño de una gobernanza global creo que nos jugamos el futuro. En lo que hace a la democracia, sería el momento de instaurar una bien entendida democracia deliberativa.
La democracia deliberativa es representativa, sabe que el mejor modelo consiste en la participación del pueblo en los asuntos públicos a través de representantes elegidos, a los que pueden exigirse competencia y responsabilidades. Pero exige llevar a cabo al menos cuatro reformas: perfeccionar los mecanismos de representación para que sea auténtica, dar mayor protagonismo a los ciudadanos, tratar de asegurar a todos al menos unos mínimos económicos, sociales y políticos, y propiciar el desarrollo de una ciudadanía activa, dispuesta a asumir con responsabilidad su protagonismo.
En lo que hace a la primera tarea, conseguir una mejor representación no es fácil, pero cabría ir proponiendo sugerencias como asegurar la transparencia en la financiación de los partidos para evitar la corrupción; confeccionar listas abiertas, que permiten a los ciudadanos no votar a quienes no desean y quitan fuerza a los aparatos, evitando en cada partido el monopolio del pensamiento único; eliminar los argumentarios, esos nuevos dogmas a los que se acogen militantes y medios de comunicación afines, impidiendo que las gentes piensen por sí mismas; prohibir el mal marketing partidario, que consiste en intentar vender el propio producto desacreditando al competidor, olvidando que el buen marketing convence con la bondad de la propia oferta; penalizar a los partidos que, al acceder al poder, no cumplen con lo prometido ni dan razón de por qué no lo hacen; acabar con la partidización de la vida pública, con la fractura de la sociedad en bandos en cualquiera de los temas que le afectan; propiciar la votación por circunscripciones, favoreciendo el contacto directo con los electores.
Estas serían algunas propuestas para mejorar la representación, pero la buena representación, con ser esencial, no es el único camino para que los ciudadanos expresen su voluntad.
Es necesario multiplicar las instancias de deliberación pública, en comisiones, comités y otros lugares cualificados de la sociedad civil, impulsar las "conferencias de ciudadanos", y abrir espacios para que las gentes puedan expresar sus puntos de vista. Este es el espacio de la opinión pública -no solo publicada-, indispensable en sociedades pluralistas, que hoy se amplía en el ciberespacio, pero sigue reclamando lugares físicos de encuentro, de debate cara a cara, porque nada sustituye la fuerza de la comunicación interpersonal.
Un paso más consistiría en delimitar, como mínimo, una parte del presupuesto público, y dejarla en manos de los ciudadanos para que decidan en qué debe invertirse, mediante deliberación bien institucionalizada y controlada, aprendiendo de experiencias como las de Porto Alegre, Villa del Rosario, Kerala y una infinidad de lugares no tan emblemáticos a lo largo y ancho de la geografía. Y someter a referéndum cuestiones vitales para la marcha del país, siempre que hubiera amplios debates sobre los temas en discusión, con la inclusión de conferencias de ciudadanos.
Todo esto tiene sentido, claro está, asegurando a todos al menos unos mínimos cívicos, económicos y políticos, que es a lo que se compromete el Estado Social de Derecho, que es el nombre político del país en el que vivimos, y propiciando que exista una ciudadanía activa, consciente de sus derechos y también de sus responsabilidades.
La meta consiste, como es obvio, en ir consiguiendo que los destinatarios de las leyes, los ciudadanos, sean también sus autores, a través de la representación auténtica y la participación de los afectados.
Algo así es lo que promete el término "democracia", que usamos para el mejor sistema de gobierno experimentado hasta la fecha. Pero cuando las promesas no se cumplen, cuando hay un abismo entre las expectativas legítimas y las realizaciones porque el paro es escandaloso, aumenta la pobreza, las hipotecas no se pueden pagar, se deteriora la sanidad pública, crece la corrupción, se destruye la separación de poderes, se "fugan" a Alemania o Estados Unidos los mejor preparados y Bildu ocupa puestos de responsabilidad pública, surge la indignación en muy diversos sectores, y no cabe decir que las gentes se desinteresan de la política: se desinteresan de un modo de funcionar la política al que no le importan sus problemas.
Sin capacidad de indignación -decía Nancy Sherman- podemos no percibir las injusticias. Pero una vez percibidas, con sentido de la justicia, se hace necesario buscar los caminos para acabar con ellas y tal vez la democracia deliberativa sea un buen mecanismo para ello.

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http://www.elpais.com/articulo/opinion/Democracia/justa/indignacion/elpepuopi/20110724elpepiopi_5/Tes

REPORTAJE: UN NOBEL CONTRA EL SISTEMA La piedra de Sísifo

El premio Nobel alemán pone en tela de juicio el sistema; ataca la incapacidad de los parlamentarios frente a los grandes intereses, fustiga la codicia de los bancos y arremete contra la endeblez de la prensa. El texto corresponde a la conferencia dada en Hamburgo el pasado 2 de julio en un acto con la asociación de periodistas alemana Netzwerk Recherche

GÜNTER GRASS 24/07/2011

Señoras y señores:
¿O quizá debiera solicitar su atención como colega, ya que todos pertenecemos al gremio de los escritores y fuimos bautizados con un tintero? Al fin y al cabo, esta asamblea está bajo la advocación de Albert Camus, escritor y filósofo, y, con el lema "Hombre feliz" ha elegido como santo patrón a quien, desde los años cincuenta del pasado siglo, es mi único santo. En él, que blasfemaba contra los dioses, yo podía confiar siempre: san Sísifo.
Camus nos lo interpretó, a él y a su mito, de una forma nueva. Simplemente el hecho de que su ensayo, tan conciso de contenido como largo de efectos, fuera escrito en medio de las tribulaciones de la ocupación alemana y publicado en 1942 en París por la Librairie Gallimard, es decir, llegara a los lectores en tiempo de guerra, cuando Francia vacilaba entre la resistencia y la colaboración, es una prueba más de lo que pudo inducir a Camus a convertir plásticamente en concepto lo absurdo del acontecer mundial: la piedra sin descanso.
Sin embargo, ¿no es cierto que hoy varias piedras nos mantienen en danza? Llama la atención, mirando la última mitad del año, cuántos acontecimientos importantes, uno tras otro, mundiales o regionales, engrosaron los titulares de los periódicos compitiendo mutua y simultáneamente por el primer puesto. Parecían haber perdido toda actualidad -como agua pasada- y, sin embargo, seguían determinando el acontecer político y económico.
Así, la ridiculez del asunto del plagio de Guttenberg desplazó las consecuencias, solo ahora en el punto de mira, de la liquidación del servicio militar obligatorio, de un plumazo, por ese actor ministerial y noble. Y no solo por esa actuación lo puso por las nubes el celo periodístico; de eso hablaré luego. Sin embargo, apenas había prometido la canciller dar crédito al Barón de la Castaña, terremotos y tsunamis provocaron en el lejano Japón una catástrofe nuclear, que inmediatamente nos recordó las ruinas del reactor de Chernóbil, hace tiempo apartadas de nuestra mente, y convirtieron las elecciones regionales en acontecimientos capitales. Y mientras todavía Fukushima nos servía, como se dice en la jerga periodística, para "abrir boca", las revueltas populares en el norte de África, desde Túnez y Egipto hasta Libia y Siria, reclamaban su lugar en las primeras páginas, mientras que las actuaciones de un ministro de Asuntos Exteriores ponían en apuros a los seguidores que aún quedaban en su partido. Y ahora es la crisis griega, que se cuece desde hace años, la que sobrevive a todo lo que ha pasado y que -lo que también se aplica a Fukushima- gravitará sobre el futuro, asfixiada por normas coercitivas y conjuras europeas.
Y todo lo demás que ha habido y seguirá habiendo: unos precios de la gasolina que compiten arbitrariamente, la miseria de los refugiados, bodas principescas, pescadores convertidos en piratas y un cambio climático que ha pasado a segundo plano, aunque viene produciéndose desde hace años, con sus fenómenos concomitantes, arrojando dudas fundadas sobre la continuación de la especie humana.
En resumen se puede decir que el periodismo, del que al fin y al cabo se trata hoy, y que -si entiendo bien el lema de esta reunión- se quiere poner en entredicho, vive al día, se alimenta de sensaciones y no tiene tiempo o no se toma tiempo suficiente para iluminar el trasfondo de todo lo que, con intervalos cada vez más breves, nos sume en crisis duraderas.
Sin embargo, ¿está el periodismo o -formulada la pregunta más directamente- están los periodistas dispuestos de verdad a examinarse críticamente? Como escritor podría decir muchas cosas al respecto. Mi vida y milagros han estado sometidos a examen permanente y con harta frecuencia he sido objeto de intromisiones masivas, expuesto a las jaurías del periodismo de campaña. Estoy acostumbrado a esos rituales y he sobrevivido a varias carnicerías, con cicatrices que solo de cuando en cuando me pican. Tal vez porque los escritores, de todas formas, nos criticamos mutuamente, algo que los periodistas no suelen hacer casi nunca. Todo lo más alguno, susceptible, frunce la nariz cuando las columnas del Bild Zeitung apestan excesivamente.
En cualquier caso hay excepciones. La verdad es que hace unos meses leí en el semanario Die Zeit un intento de análisis autocrítico en el que me llamó la atención que eran sobre todo periodistas especializados en temas económicos los que se reprochaban no haber advertido a tiempo la gran crisis económica, aunque había sido previsible. Sin embargo, como los periodistas aquí reunidos tienen al parecer la intención de concentrarse en su verdadera tarea, haciendo honor al citado Sísifo, "hombre feliz", y hacer rodar diversas piedras que han quedado, me considero invitado a llamar por su nombre a algunos pedruscos de diverso peso que descansan al pie de la montaña o que, a mitad de camino, han criado ya musgo.
Recientemente estuve en Greifswald, ciudad natal del escritor Wolfgang Koeppen. A lo largo de varios actos, su novela El invernadero, que trata del Bundestag alemán en los primeros años cincuenta del pasado siglo, dio motivo y combustible suficiente para tomar conciencia crítica de las representaciones de intereses, o sea, los lobbies, en una sociedad que se considera pluralista. Esos lobbies y su codicia existen, mirando solo a la República Federal, desde el principio mismo. Desde el asunto Flick, pasando por las maquinaciones de Kohl, el canciller de las donaciones, hasta las actividades chantajísticas del lobby nuclear, de los grupos de la industria farmacéutica, de las asociaciones de médicos y farmacéuticos y de los seguros de enfermedad, que hasta hoy impiden una reforma sanitaria socialmente sostenible.
No en último lugar figuran los todopoderosos bancos, cuya actividad extorsionadora toma entre tanto como rehén al Parlamento electo y al Gobierno. Los bancos hacen de destino, de destino inexorable. Tienen su propia vida. Sus juntas directivas y grandes accionistas se organizan en una sociedad paralela. Las repercusiones de su gestión financiera basada en el riesgo recaerán en definitiva sobre los ciudadanos como contribuyentes. Somos nosotros los que respondemos por los bancos, cuyas fosas de miles de millones están siempre hambrientas.
Naturalmente, también los diarios y semanarios, es decir, los periodistas, están expuestos a esa omnipotencia. No hace falta ya ninguna censura pasada de moda, basta la mera concesión o denegación de anuncios para chantajear a una prensa escrita cuya existencia peligra de todos modos. Sin embargo -a pesar de consignas de silencio subliminales-, será necesario, mediante un periodismo concienzudo, llegar al fondo de las cosas, informando a la opinión pública sobre el ejercicio ilegítimo del poder de los lobbies. Ese poder amenaza la democracia mucho más que los peligros histéricamente invocados que, al estilo de Thilo Sarrazin, difunden espanto y miedo. Resta credibilidad a los parlamentarios y al Gobierno. Contribuye a que aumente la abstención electoral. Y como no se puede eliminar, porque las representaciones de intereses tienen su razón de ser, hay que establecer límites severos, aunque sea en forma de una milla prohibida en torno al Bundestag, a fin de mantener al ejército de presionadores a una distancia razonable. Tampoco es de recibo que haya políticos, entre ellos de alto nivel, que apenas se han liberado de su cargo como de un fardo molesto, ocupan puestos generosamente dotados en la dirección de consorcios y de asociaciones de intereses. No hay remedio, hay que leer, como suelo hacer de buena gana, la sección de economía del Frankfurter Allgemeine Zeitung, para enterarse de que un tal señor Markus Kerber, que durante largo tiempo trabajó en el Ministerio Federal del Interior y luego en el Ministerio de Hacienda, atenderá a principios de julio de este año un llamamiento que lo convertirá en gerente de la Unión Federal de Industrias Alemanas. Allí, como revela elogiosamente el FAZ, sus conocimientos de insider beneficiarán a esa poderosa unión. Ese cambio de puesto y otros semejantes ilustran una situación que es claramente abusiva. Pero desde hace años habitual. Por eso hace falta -creo yo- un periodo de carencia legalmente establecido de por lo menos cinco años; a no ser que la opinión pública y, especialmente, los periodistas estimen que la política es de por sí venal y debe seguir siéndolo.
Otro ejemplo de opinión pública insuficientemente informada apareció ya al principio de mi intervención. Se trata del servicio militar obligatorio que liquidó por sorpresa el polifacético Guttenberg. Sin duda leo cada vez más artículos sobre lo difícil que es reclutar suficientes soldados profesionales y voluntarios a plazo, sin duda existe preocupación por qué juramento y en qué forma tendrán que prestarlo los mercenarios, sin duda tendrá que lamentar el ministro de Defensa haber recibido de su predecesor solo una chapuza, pero casi nadie se da o quiere darse cuenta de lo que significa despedirnos de los "ciudadanos de uniforme" y tratar en el futuro con unas fuerzas armadas que, como enseña la experiencia, tienen todas las probabilidades de convertirse, en calidad de ejército mercenario, en un Estado dentro del Estado. Esa recaída en las prácticas de reclutamiento de Wallenstein se produce en tiempos de crecientes intervenciones en el extranjero, casi sin oposición y mientras -de forma bastante delirante- se defiende nuestra libertad en el Hindukush.
Ante ese abismo evidente, séame permitido echar una ojeada al pasado. Como entre tanto he adquirido como los árboles anillos de edad suficientes, me acuerdo muy bien de la aparición de la Bundeswehr, de las artimañas de Konrad Adenauer, de la llamada Oficina Blank, de mi rechazo al rearme y mis ulteriores esfuerzos políticos como ciudadano para contribuir un poco a que el concepto de "ciudadanos de uniforme" pudiera ser aplicado, y también a que en el curso de los años, y venciendo tenaces resistencias, se reconociera legalmente a los objetores de conciencia el derecho de prestar un servicio supletorio. Sin embargo, en el futuro desaparecerán sus servicios sociales de atención a ancianos y enfermos. ¡Qué pérdida más imposible de compensar! Porque los mercenarios no se oponen a nada. A menos que les rebajen el sueldo.
Esa monstruosidad, que se nos quiere vender como reforma, cambiará la filosofía de la República Federal y de los ciudadanos de ese Estado de una forma dañina para la democracia. Considero un escándalo que no solo los partidos que están en el Gobierno, sino también los tres partidos de la oposición, y por consiguiente también el SPD, que desde Fritz Erler, pasando por Helmut Schmidt y Georg Leber, hasta Peter Struck, ha tenido excelentes políticos en asuntos de política de defensa, no tengan fuerzas para someter a debate una alternativa a esa evolución que resulta ya aberrante. Y fallan también todos los periodistas que aceptan lo que, con mucha sangre azul, nos quieren hacer tragar.
Aquí resulta ineludible citar otros ejemplos que evidencian lo que se está descuidando y, además de otras cosas, sigue siendo tarea de los periodistas: poner el dedo en la llaga mientras sigue abierta. Hablo de las consecuencias de la apresurada realización de la unidad alemana, exclusivamente con arreglo a intereses y criterios de la Alemania occidental. Han pasado más de veinte años y el autobombo fue seguido de las oportunas celebraciones. Sin embargo, quien se fije o esté dispuesto a fijarse podrá ver lo que ya entonces era previsible, pero ahora se ha hecho realidad en mayor grado: el Este es propiedad del Oeste. La degradación social de los ciudadanos de la antigua República Democrática Alemana y sus descendientes a alemanes de segunda se ha hecho tan real que, cada vez más, los jóvenes dejan sus comunidades y ciudades, grandes o pequeñas, para irse al Oeste. Algunas regiones comienzan a despoblarse. Y con harta frecuencia son los radicales de derechas los que se quedan, se enquistan en hordas y marcan el tono en las regiones abandonadas, de una forma inconfundible. La opinión pública sabe poco de ello, y cuando lo sabe, es sin llegar al fondo.
Un añadido de carácter literario: cuando recientemente se iba a conceder una vez más el Premio Alfred Döblin, que fundé a mediados de los setenta, algunos autores finalistas leyeron fragmentos de sus manuscritos, en el Literarisches Colloquium de Berlín. Entre ellos estaba una joven escritora, Judith Schalansky, que leyó pasajes de su novela El cuello de la jirafa, publicada en otoño del año pasado. El argumento se desarrolla en una pequeña ciudad de la Pomerania anterior, más o menos castigada por el éxodo de sus habitantes. Una profesora de biología de corte severo enseña a sus alumnos de número decreciente según el principio de selección darwiniano y sabiendo perfectamente que, por falta de escolares, su escuela dejará de existir dentro de tres o cuatro años. Pero además hay una naturaleza que se va apoderando de superficies en barbecho abandonadas y edificios en ruinas. Germina y brota de mil formas en la tierra sin cultivar. Plantas que se han vuelto raras proliferan. Con ellas triunfan palabras hace tiempo olvidadas. Lacónicamente, la narradora concluye esa victoria de la naturaleza aludiendo a los en otro tiempo prometidos "paisajes florecientes".
Ahora podría decirse: qué bien que todavía exista la literatura, ya que los escritores llenan de cuando en cuando las lagunas que dejan todos esos periodistas cuya tinta solo está al servicio de un acontecer diario rápidamente cambiante. Sin embargo, como en la actualidad, en relación con la persistente crisis de Grecia, se recomienda como panacea confiar a una Treuhand [agencia que supervisó la privatización de las empresas públicas del Este tras la caída del régimen comunista] propiedades del Estado griego y comercializarlas según las reglas de la privatización, debería merecerles la pena a ustedes, reunidos aquí como periodistas críticos, echar una ojeada retrospectiva a aquella Treuhand que hace veinte años, sin control parlamentario, liquidó, como empresa semicriminal, todo lo que llevaba el título de "propiedad del pueblo", vendiéndolo a cazadores de gangas del Oeste; las consecuencias se hacen sentir hasta hoy, pero, al parecer, se ignoran por consenso.
Sé que la oleada de noticias cotidianas, reforzada por el desagüe de Internet, abruma a quien quiere estar informado. Ya se ofrecen a unos consumidores saturados espacios de huida virtuales. Y sin embargo, nadie puede evitar preocuparse por el futuro de la democracia que nos regaló la voluntad de los vencedores y por los derechos a la libertad que la Constitución protege todavía.
No debo ni quiero recurrir al ejemplo aleccionador de Weimar, porque los fenómenos actuales de cansancio y desintegración en la estructura de nuestro Estado ofrecen motivos suficientes para dudar seriamente de que nuestra Constitución pueda seguir garantizando lo que promete. La deriva disgregadora hacia una sociedad de clases con una mayoría que se va empobreciendo y una clase alta y rica que se va separando, la montaña de deudas, cuya cumbre se ha cubierto entre tanto por una nube de ceros, la incapacidad e impotencia demostradas de los parlamentarios electos frente al poder concentrado de las asociaciones de intereses y, no en último lugar, el estrangulamiento por los bancos hacen urgente, en mi opinión, hacer algo hasta ahora impronunciable: poner en tela de juicio el sistema.
No teman. No voy a hacer un llamamiento a la revolución. En lo que a Europa se refiere, la revolución se produjo por última vez en el siglo XX, y por cierto en plural, con los resultados conocidos, entre los que estuvieron contrarrevoluciones y genocidios. Se trata más bien, desde el interior de toda la sociedad, de formular, como entre tanto hacen muchos ciudadanos, preguntas reivindicativas: ¿es asumible aún un sistema capitalista que se prescribe forzosamente a la democracia, en el que la economía financiera se ha separado en gran parte de la economía real, aunque la amenace una y otra vez con crisis de fabricación doméstica? ¿Deben seguir siendo válidos para nosotros artículos de fe como mercado, consumo y beneficio, sustitutivos de la religión?
Para mí, en cualquier caso, es evidente que el sistema capitalista, fomentado por el neoliberalismo y sin alternativa, tal como se nos presenta, ha degenerado en una maquinaria de destrucción del capital y, lejos de la economía social de mercado en otro tiempo exitosa, solo se complace en sí mismo; es un Moloc, asocial y no refrenado eficazmente por ninguna ley.
Por eso se plantea la pregunta: la forma de Estado que hemos elegido, es decir, la democracia parlamentaria, ¿tiene aún la voluntad y la fuerza necesarias para apartar esa desintegración que la invade? ¿O en lo sucesivo deberá relegarse al terreno de lo optativo cualquier intento de reforma, de someter a control a los bancos y su forma de manejar el capital -es decir, de obligarlos a trabajar para el bien común- con la frase hasta ahora habitual "eso, en el mejor de los casos, solo puede resolverse globalmente"?
Una cosa me parece segura: si las democracias occidentales demuestran ser incapaces de hacer frente con reformas fundamentales a los peligros reales inminentes y a los previsibles, no podrán soportar lo que en los próximos años resultará ineludible: crisis que empollarán otras crisis, el aumento irrefrenable de la población mundial, los flujos de refugiados desencadendos por la falta de agua, el hambre y el empobrecimiento, y el cambio climático fabricado por el hombre. Sin embargo, una desintegración del orden democrático haría surgir -de lo que hay suficientes ejemplos- un vacío que podrían ocupar fuerzas cuya descripción rebasa nuestra imaginación, por mucho que seamos gatos escaldados y estemos marcados por las consecuencias todavía visibles del fascismo y el estalinismo.
¿Exagero? Si lo hago, no lo suficiente. Con ayuda de solo algunos ejemplos había que hacer visibles los puntos ciegos. Que no faltan. Además habría que quejarse del poder de los consorcios en el ámbito de la prensa, de las inefables tertulias de la televisión pública y del oportunismo hoy socialmente aceptable, tal como se difunde a diario con la tinta fresca. Sin embargo, de eso ustedes, a quienes se recomienda más o menos insistentemente una "información equilibrada", como suavizante, pueden hablar con más precisión.
Más bien parece apropiado citar otra vez al santo patrón de esta conferencia. Cuando yo era joven, y durante los primeros años de la posguerra trataba de orientarme en un entorno destruido por el desvarío ideológico, se me presentó la variedad francesa del existencialismo. Estaba casi de moda dárselas de existencialista y vestirse de oscuro. Y especialmente era la disputa entre Sartre y Camus la que salpicaba por encima de la frontera, llegando a los talleres de la Academia de Bellas Artes de Düsseldorf, en la que yo aprendía mi primera profesión de escultor, y donde provocaba debates que, naturalmente, eran muy enconados. La ignorancia no impedía apasionarse y vociferar. Solo más tarde me decidí por Camus. Me impresionó su visión del hombre rebelde, es decir, su defensa de la oposición permanente. Cuando más o menos a mediados de los cincuenta apareció El mito de Sísifo en traducción alemana, fueron sus frases las que me mostraron el camino. Por ejemplo, la definición de felicidad: "Hace del destino un asunto del hombre, que debe ser resuelto por los hombres". A la que se añade la hermosa certeza: "Las verdades aplastantes perecen al ser reconocidas".
Supongo que esas ideas resultarán también adecuadas para determinar su trabajo de periodistas. Solo tenemos este mundo. Y como la existencia de la especie humana en el planeta azul es de fecha reciente y su duración depende de lo que hagamos o dejemos de hacer, somos responsables de su estado. Lo hemos desfigurado en gran medida, lo hemos sobreexplotado y dejaremos a nuestros descendientes una carga hereditaria inevitable. De forma que hay que reconocer y nombrar esas y otras verdades. Hay que hacer rodar las piedras. A ese trabajo forzado para toda la vida nos anima Albert Camus. Dice: "La lucha misma hacia las cimas basta para llenar el corazón de un hombre. Hay que imaginarse a Sísifo feliz".

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