sábado, 28 de enero de 2012

Un Mundo sin Jefes? En Argentina ya existen fábricas donde lo hicieron posible.


Un Mundo sin Jefes? En Argentina ya existen fábricas donde lo hicieron posible.

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Por: Mauricio Becerra Rebolledo
Vía: El Ciudadano .
En plena época de crisis económica muchos trabajadores argentinos, desde hace ya una década, demuestran que no es el dinero el que produce riqueza sino que el trabajoSe calcula que son más de 350 empresas gestionadas por sus trabajadores en Argentina, ya sea bajo la forma de control obrero o cooperativas. Llamadas fábricas sin patrones, toman decisiones en asambleas, tienen iguales salarios y sobrevivieron gracias a la solidaridad de vecinos, organizaciones sociales y legislaciones de bien común.
“¿Qué hacemos?”, fue la pregunta que asaltó a los vecinos del barrio Almagro de Buenos Aires cuando la crisis económica del 2001 dejó a vendedores, oficinistas y profesionales, de un día a otro, sin empleo y de brazos cruzados.
En los diez años previos las políticas de ajuste neoliberal del presidente Carlos Menem se privatizaron las empresas estatales, se vendieron los servicios públicos y la sobrevaluación ficticia del peso argentino puesto en paridad con el dólar desmanteló la industria y el año 2000 dejó a un 21% de los argentinos cesantes.
Si en 1998 en el gran Buenos Aires quienes vivían bajo el umbral de la pobreza representaban el 25,9% de la población, el 2001 la cifra llegó al 35,4%. Cientos de miles de argentinos se vieron sin empleo y junto a ello, cayeron en una situación vulnerable y crítica. El “corralito”, que bloqueó las cuentas bancarias de la clase media, produjo otro golpe a la población, dejando a muchos en la calles, con sus ahorros perdidos y sin esperanza de recuperación. Los servicios privatizados aumentaron los costos mientras los salarios se congelaban o incluso bajaban. El presupuesto público para acción social bajó y el Estado disminuyó mucho más su rol regulador y protector. Lo peor del neoliberalismo cayó sobre argentinas y argentinos.
Hubo diversidad de reacciones. También organización y movilización. Sectores de clase media afectados por el “corralito” se unieron con los piqueteros. Los trabajadores y estudiantes apretaron en sus movilizaciones. La crisis sacó a los argentinos a la calle al grito de “¡Que se vayan todos!”. Ya eran los tiempos de la presidencia de Fernando De la Rúa y la crisis, con el pueblo movilizado, lo hizo huir de la Casa Rosada, el 20 de diciembre de 2011.
En lo cotidiano, los vecinos comenzaron a socializar sus problemas. En el barrio Almagro se formó la Comisión de Desocupados de la Asamblea Popular. Una olla común por aquí, un club de trueques por allá o una feria de emprendedores fueron las primeras experiencias de organización y sobrevivencia.
Al mismo tiempo llegaba el rumor de que los trabajadores de muchas empresas cuyos patrones comenzaron a desmantelarlas, se las habían tomado y se disponían a hacerlas producir.
LA PANADERÍA EN EL BARRIO ALMAGRO.
Los primeros meses de 2002, en el barrio Almagro tenían claro que el principal esfuerzo debía ser la creación de un empleo autogestivo. Y como uno de los desocupados tenía unas máquinas de panadería en un local que no podía pagar el alquiler, decidieron ir a recuperarlas. En junio, las gestiones con el gobierno de la Ciudad de Buenos Aires permitieron que un predio abandonado en calle Franklin 26 se les pasara en comodato. Los nueve integrantes estuvieron una semana entera sacando basura, desratizando y limpiando el lugar. “No había luz ni agua ni baños. Nada, sólo una letrina que si pasabas a diez metros te desmayabas”, contó Walter Blanco, uno de los gestores de la cooperativa.
Consiguieron plata con familiares, vecinos y amigos para poder armar la panadería y a través de gestiones con estudiantes, firmaron un contrato con la Secretaría de Educación para proveer de colaciones a algunas escuelas. “No teníamos capital de trabajo y ellos pagaban a 40 días”, recordó Walter.
Los ingresos eran mínimos, pero la panadería comenzó a ser conocida en el barrio, proveyeron de pan a fábricas recuperadas y salían a vender el alimento calentito en las plazas. Un préstamo de familiares permitió que compraran un horno pizzero y un subsidio del Ministerio de Desarrollo Social les posibilitó comprar un horno rotativo.
Silvia Díaz, ex diputada bonaerense y candidata a vicepresidenta en 1989, es integrante de La Cacerola. “De las 800 viandas que empezamos a repartir en el día, en dos o tres meses llegamos a 2.400. Entraba dinero, comprábamos insumos, producíamos más y muchas veces no nos quedaba nada. Reinvertíamos permanentemente y pudimos empezar a dar un par de saltos: Comprar maquinaria, mejorar las cosas, pero los ingresos nuestros… nada”.
Así fue hasta el 2004. Organizarse en asamblea fue otro desafío. Walter narró: “Nos fuimos dando diferentes formas. Para organizar el trabajo formamos un consejo de administración, nombramos a un responsable general de producción, un coordinador y encargados y responsables en cada sector. Hacíamos reuniones en consejo ampliado para que todos participaran”.
Recién el 2006 lograron consolidarse. Para ampliar el local contaron con la ayuda de obreros de otras fábricas que los guiaron en la construcción. A medida que la demanda creció, se aumentó el número de cupos para trabajar. A esa fecha eran 40 los trabajadores de La Cacerola. Unos se quedaban, otros partían, pero a diferencia de las empresas patronales, cada ganancia era repartida entre los trabajadores.
Así pasó cuando lograron que se les reconsiderara el precio de las viandas escolares. Como el pago fue retroactivo y recibieron 125 mil pesos (15 millones de pesos chilenos) decidieron en asamblea el destino de esas platas. “Una parte quedó para la cooperativa para reinversiones y el resto fue repartido entre los compañeros que habían trabajado en la cooperativa durante el periodo de la reconsideración. Los llamamos a todos los que alguna vez trabajaron con nosotros y vaya sorpresa que se llevaron. Unos seis mil pesos recibieron, que eran dos sueldos de lo que percibíamos esos días”, explicó Walter.
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DE FÁBRICA BRUKMAN A COOPERATIVA 18 DE DICIEMBRE.
Delicia Millahual recordó que un día el gerente de la fábrica Brukman la citó a una reunión en el Ministerio del Trabajo. De origen chileno, llevaba unos 20 años trabajando como costurera en la fábrica de trajes y en la reunión le anunciaron que rebajarían en 50 por ciento su sueldo. “Tiene dos alternativas: firma o la despedimos”, le dijeron.
Semanas antes habían despedido a 115 empleados. La tónica era la misma. En una camioneta se los llevaban al Ministerio para una reunión en la que las alternativas eran aceptar la rebaja de sueldo o el despido. La falta de trabajo en plena crisis del 2001 provocaba que muchos aceptaran. Como Delicia no aceptó, cuando llegó a su hogar encontró la notificación de despido.
La fábrica de ropa pertenecía a la sucesión Brukman. Su gerente, Jacobo Brukman, vio cómo desde 1995 el negocio de confeccionar ternos se deshilachaba. Si a fines de los ’80 llegó a tener 470 trabajadores, cuando estalla la crisis ya estaba despedida más de la mitad de los empleados. Los salarios fueron reducidos. Había semanas en que pagaban dos dólares por los siete días.
En diciembre de 2001, Jacobo llamó a convocatoria de acreedores. La quiebra estaba a un paso. Juan Carlos Rigimi, de la sección de planchado, manifestó que “los tipos habían vaciado la empresa. Se llevaron mucha guita (plata), se seguían endeudando y no invertían nada en la empresa”.
Los 22 trabajadores que quedaron, observaron impotentes el desmantelamiento de la fábrica. Se reunieron y se preguntaron ¿qué hacemos?, ¿un paro?, ¿una huelga de brazos caídos?, ¿nos tomamos la fábrica?
Algunos propusieron la toma; otros temían que llegara la policía y los detuviera. Pero todos tenían la convicción de que así no podían seguir. En la primera asamblea que hicieron, el 18 de diciembre del 2001, decidieron tomarse la fábrica. La mayoría eran mujeres.
Juan Carlos contó que “Jacobo Brukman se fue y quedamos esperando que nos pagaran el sueldo. Pero como no volvió más, estuvimos casi un año sin sueldos”. No sólo se fue con los sueldos, también con la plata de las jubilaciones, la cuota sindical, los aguinaldos y el seguro de salud.
Pese a la adversidad, los trabajadores tenían la convicción de que con la fábrica a su cargo tenían que hacerla volver a funcionar. Había que pagar las cuentas de luz, agua y teléfono y debían negociar con los proveedores para poder producir. En el proceso llamaron a Delicia y a otros trabajadores para que se reintegraran. “Era muy grande la fábrica para tan poca gente”, comentó Juan Carlos.
Para poder funcionar, los trabajadores formaron comisiones de ventas, mantenimiento, insumos, prensa y de contactos con clientes. En enero de 2002 todos los antiguos clientes se fueron, y los trabajadores comenzaron a recorrer ciudades y provincias buscando pedidos de trabajo. Al mes les llegó el primer cliente: una partida de bermudas de la firma Port Said. Con eso pudieron pagar las cuentas.
A la vez, propusieron a la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires un proyecto legal para estatizar la fábrica y dejarla bajo control obrero. La moción fue rechazada y la patronal pidió el desalojo. El 17 de marzo de 2002 ocurrió el primero, pero al tiempo los trabajadores volvieron a ocupar la empresa.
Los patrones acusaron a los trabajadores de haber robado las máquinas y logran un segundo desalojo en diciembre de 2002, a cargo de policías y mercenarios. Pero tras cada desalojo, los trabajadores volvieron a la fábrica para echarla a andar.
El 18 de abril de 2003 fueron nuevamente expulsados. Fue tan violento que no les quedó otra que continuar la lucha en la calle. Estuvieron ocho meses y 11 días con una carpa instalada en una plaza contigua a la fábrica, lo que despertó la solidaridad de las asambleas barriales y organizaciones sociales.
Pasaron el invierno, el frío y la lluvia y la carpa se vaciaba. Apenas podían sobrevivir recolectando dinero en universidades o eventos. También les salían pedidos, como unos dos mil pañuelos mandados a hacer para un colectivo inglés antiglobalización que los estrenaría en la protesta contra el G-8 en México.
Pero a fines de ese año las nubes se disiparon. Una solución transitoria de la Legislatura expropió temporalmente Brukman, declarada en quiebra, y la entregó en comodato a la Cooperativa 18 de Diciembre. Ya habían cambiado de nombre y decidieron ponerle la fecha de la primera asamblea.
Hoy dan trabajo a más de 60 personas -la mayoría mujeres-, tienen un reglamento interno y toman las decisiones en asambleas. No hay jefes ni patrones. Decidieron así entrar a las seis de la mañana y concluir las labores a las tres de la tarde. El sueldo es de tres mil pesos ($360.000 pesos chilenos -que es el salario promedio en Chile).
Delicia detalló que “se trabaja a conciencia, porque ante tus compañeros no vas a andar sacando la vuelta”. Juan Carlos añadió que para organizarse “y que esto no sea un quilombo, partimos de la autodisciplina, que es yo cumplo, vos cumplís; vos no cumplís, yo no cumplo”.
Tienen contador y fiscalización hecha por fiscales elegidos en la asamblea a la que rinden cuentas y al síndico de la Cooperativa. Todo ahora es hecho por ellos. Es simple, según Delicia, porque “siempre el trabajador sabe donde empieza el trabajo y donde termina”.
LA EXPERIENCIA QUE QUEDA.
Waldo Lao, investigador de la Universidad de São Paulo, observó que pese a que estas experiencias “están insertas en la lógica del capital y de la economía de mercado, viabilizan otras formas de relación, que pasan por la división igualitaria de los salarios, las decisiones colectivas y por la socialización de espacios para crear actividades para su comunidad”.
A juicio de Silvia Díaz, estas cooperativas son “una herramienta de lucha, una experiencia que demuestra que los trabajadores somos capaces de generar nuestras propias unidades productivas. Esto es importante en lo inmediato, en periodos de crisis de un modelo que genera desocupación constante. También por lo que nos abre sobre la sociedad por venir. No es trasladar todo mecánicamente y que todos sean cooperativas, pero aportan a la construcción de un modelo social”.
Agregó que se asiste a “la transformación del sujeto social, que viene del asalariado o de la cesantía, en un sujeto autogestivo. Su subjetividad, su conciencia, sus valores es un proceso que tiene una velocidad distinta a la exigencia de responder al mercado, que es una jungla”.
La Cacerola es hoy un café, panadería y entrega colaciones a los colegios de la provincia; la ex Brukman tiene pedidos para el 2011 y 2012, como los uniformes de Aerolíneas Argentinas, por ejemplo.
Ahora, las cooperativas y fábricas sin patrón apuntan a una ley que les permita acceder a créditos para renovar maquinarias y así ser competitivas. Otras tantas aún esperan una ley de expropiación que les permita certeza respecto de su futuro. “Si lo vemos desde donde surgimos hemos avanzado un montón, pero si lo vemos desde donde deberíamos estar ya, creo que falta mucho”, recalcó Silvia.
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domingo, 22 de enero de 2012

The visible hand



The crisis of Western liberal capitalism has coincided with the rise of a powerful new form of state capitalism in emerging markets, says Adrian Wooldridge

BEATRICE WEBB grew up as a fervent believer in free markets and limited government. Her father was a self-made railway tycoon and her mother an ardent free-trader. One of her family’s closest friends was Herbert Spencer, the leading philosopher of Victorian liberalism. Spencer took a shine to young Beatrice and treated her to lectures on the magic of the market, the survival of the fittest and the evils of the state. But as Beatrice grew up she began to have doubts. Why should the state not intervene in the market to order children out of chimneys and into schools, or to provide sustenance for the hungry and unemployed or to rescue failing industries? In due course Beatrice became one of the leading architects of the welfare state—and a leading apologist for Soviet communism.
The argument about the relative merits of the state and the market that preoccupied young Beatrice has been raging ever since. Between 1900 and 1970 the pro-statists had the wind in their sails. Governments started off by weaving social safety nets and ended up by nationalising huge chunks of the economy. Yet between 1970 and 2000 the free-marketeers made a comeback. Ronald Reagan and Margaret Thatcher started a fashion across the West for privatising state-run industries and pruning the welfare state. The Soviet Union and its outriggers collapsed in ruins.
The era of free-market triumphalism has come to a juddering halt, and the crisis that destroyed Lehman Brothers in 2008 is now engulfing much of the rich world. The weakest countries, such as Greece, have already been plunged into chaos. Even the mighty United States has seen the income of the average worker contract every year for the past three years. The Fraser Institute, a Canadian think-tank, which has been measuring the progress of economic freedom for the past four decades, saw its worldwide “freedom index” rise relentlessly from 5.5 (out of 10) in 1980 to 6.7 in 2007. But then it started to move backwards.
The crisis of liberal capitalism has been rendered more serious by the rise of a potent alternative: state capitalism, which tries to meld the powers of the state with the powers of capitalism. It depends on government to pick winners and promote economic growth. But it also uses capitalist tools such as listing state-owned companies on the stockmarket and embracing globalisation. Elements of state capitalism have been seen in the past, for example in the rise of Japan in the 1950s and even of Germany in the 1870s, but never before has it operated on such a scale and with such sophisticated tools.
State capitalism can claim the world’s most successful big economy for its camp. Over the past 30 years China’s GDP has grown at an average rate of 9.5% a year and its international trade by 18% in volume terms. Over the past ten years its GDP has more than trebled to $11 trillion. China has taken over from Japan as the world’s second-biggest economy, and from America as the world’s biggest market for many consumer goods. The Chinese state is the biggest shareholder in the country’s 150 biggest companies and guides and goads thousands more. It shapes the overall market by managing its currency, directing money to favoured industries and working closely with Chinese companies abroad.
State capitalism can also claim some of the world’s most powerful companies. The 13 biggest oil firms, which between them have a grip on more than three-quarters of the world’s oil reserves, are all state-backed. So is the world’s biggest natural-gas company, Russia’s Gazprom. But successful state firms can be found in almost any industry. China Mobile is a mobile-phone goliath with 600m customers. Saudi Basic Industries Corporation is one of the world’s most profitable chemical companies. Russia’s Sberbank is Europe’s third-largest bank by market capitalisation. Dubai Ports is the world’s third-largest ports operator. The airline Emirates is growing at 20% a year.
State capitalism is on the march, overflowing with cash and emboldened by the crisis in the West. State companies make up 80% of the value of the stockmarket in China, 62% in Russia and 38% in Brazil (see chart). They accounted for one-third of the emerging world’s foreign direct investment between 2003 and 2010 and an even higher proportion of its most spectacular acquisitions, as well as a growing proportion of the very largest firms: three Chinese state-owned companies rank among the world’s ten biggest companies by revenue, against only two European ones (see chart). Add the exploits of sovereign-wealth funds to the ledger, and it begins to look as if liberal capitalism is in wholesale retreat: New York’s Chrysler Building (or 90% of it anyway) has fallen to Abu Dhabi and Manchester City football club to Qatar. The Chinese have a phrase for it: “The state advances while the private sector retreats.” This is now happening on a global scale.
This special report will focus on the new state capitalism of the emerging world rather than the old state capitalism in Europe, because it reflects the future rather than the past. The report will look mainly at China, Russia and Brazil. The recent protests in Russia against the rigging of parliamentary elections by Vladimir Putin, the prime minister, have raised questions about the country’s political stability and, by implication, the future of state capitalism there, but for the moment nothing much seems to have changed. India will not be considered in detail because, although it has some of the world’s biggest state-owned companies, they are more likely to be leftovers of the Licence Raj rather than thrusting new national champions.
Today’s state capitalism also represents a significant advance on its predecessors in several respects. First, it is developing on a much wider scale: China alone accounts for a fifth of the world’s population. Second, it is coming together much more quickly: China and Russia have developed their formula for state capitalism only in the past decade. And third, it has far more sophisticated tools at its disposal. The modern state is more powerful than anything that has gone before: for example, the Chinese Communist Party holds files on vast numbers of its citizens. It is also far better at using capitalist tools to achieve its desired ends. Instead of handing industries to bureaucrats or cronies, it turns them into companies run by professional managers.
The return of history
This special report will cast a sceptical eye on state capitalism. It will raise doubts about the system’s ability to capitalise on its successes when it wants to innovate rather than just catch up, and to correct itself if it takes a wrong turn. Managing the system’s contradictions when the economy is growing rapidly is one thing; doing so when it hits a rough patch quite another. And state capitalism is plagued by cronyism and corruption.
But the report will also argue that state capitalism is the most formidable foe that liberal capitalism has faced so far. State capitalists are wrong to claim that they combine the best of both worlds, but they have learned how to avoid some of the pitfalls of earlier state-sponsored growth. And they are flourishing in the dynamic markets of the emerging world, which have been growing at an average of 5.5% a year against the rich world’s 1.6% over the past few years and are likely to account for half the world’s GDP by 2020.
State capitalism increasingly looks like the coming trend. The Brazilian government has forced the departure of the boss of Vale, a mining giant, for being too independent-minded. The French government has set up a sovereign-wealth fund. The South African government is talking openly about nationalising companies and creating national champions. And young economists in the World Bank and other multilateral institutions have begun to discuss embracing a new industrial policy.
That raises some tricky questions about the global economic system. How can you ensure a fair trading system if some companies enjoy the support, overt or covert, of a national government? How can you prevent governments from using companies as instruments of military power? And how can you prevent legitimate worries about fairness from shading into xenophobia and protectionism? Some of the biggest trade rows in recent years—for example, over the China National Offshore Oil Corporation’s attempt to buy America’s Unocal in 2005, and over Dubai Ports’ purchase of several American ports—have involved state-owned enterprises. There are likely to be many more in the future.
The rise of state capitalism is also undoing many of the assumptions about the effects of globalisation. Kenichi Ohmae said the nation state was finished. Thomas Friedman argued that governments had to don the golden straitjacket of market discipline. Naomi Klein pointed out that the world’s biggest companies were bigger than many countries. And Francis Fukuyama asserted that history had ended with the triumph of democratic capitalism. Now across much of the world the state is trumping the market and autocracy is triumphing over democracy.
Ian Bremmer, the president of Eurasia Group, a political-risk consultancy, claims that this is “the end of the free market” in his excellent book of that title. He exaggerates. But he is right that a striking number of governments, particularly in the emerging world, are learning how to use the market to promote political ends. The invisible hand of the market is giving way to the visible, and often authoritarian, hand of state capitalism.

jueves, 19 de enero de 2012

El acuerdo secreto de Geithner con los dirigentes de la Unión Europea Michael Hudson · · · · ·


16/01/12
 

Los mercados de valores estadounidenses y extranjeros siguen zigzagueando salvajemente a la espera de despejar la incertidumbre sobre la supervivencia del euro y ante unas sufridas poblaciones que arrostran las consecuencias de las políticas de austeridad neoliberal impuestas a Irlanda, Grecia, España, Italia, etc. Voy a contarles la historia que me fue confiada por responsables económicos europeos en relación con los últimos episodios caóticos en Grecia y en otras economías europeas deudoras y presupuestariamente deficitarias. (Faltan los detalles, puesto que las negociaciones se han desarrollado en el más absoluto de los secretos: lo que sigue es, pues, una reconstrucción.) 

En otoño de 2011, resultaba evidente que Grecia no podría saldar su deuda pública. La UE sacó la conclusión de que había que depreciar esa deuda en un 50%. La alternativa a eso era la quiebra sobre el total de la deuda. Así que, básicamente, la solución para Grecia venía a reproducir lo que había ocurrido con la deuda latinoamericana en los 80, cuando los gobiernos substituyeron la deuda existente y los préstamos bancarios por bonos Brady, así llamados por el secretario del Tesoro de Reagan, Nicolas F. Brady. Esos bonos tenían un principal más bajo, pero al menos se consideraba seguro su cobro Y en efecto, se hicieron los pagos.

Esa quita griega del 50% parecía radical, pero los bancos europeos ya habían cubierto sus apuestas y subscrito seguros de impagos: los bancos norteamericanos se hacían cargo de buena parte de esos seguros.

En diciembre de 2011, un cuarto de siglo después de Brady, el secretario del tesoro de Obama, el señor Geithner, viajó a Europa para reunirse con los dirigentes europeos y exigirles que Grecia depreciara su deuda sobre la base de quitas voluntarias por parte de bancos y acreedores. Explicó que los bancos norteamericanos habían apostado a que Grecia no quebraría, y que, por lo mismo, su situación patrimonial neta era tan precaria que, si tenían que pagar por su mala apuesta, irían a la quiebra. 

Según me contaron los banqueros alemanes la situación, Geithner amenazó con cargarse a los bancos y a las economías europeas, si no se allanaban a pagar el pato y cargar ellos con las pérdidas: los bancos estadounidenses no tenían que pagar por los seguros colateralizados de impagos (CDOs) y por otras apuestas en las que habían vertido miles de millones de dólares.

Los europeos estallaron de indignación. Pero Geither terminó por ofrecerles un trato. De acuerdo: la Casa Blanca permitirá la quiebra de Grecia. Pero los EEUU necesitan tiempo.

Convino en abrir una línea de crédito de la Reserva Federal al Banco Central Europeo (BCE). La Fed suministraría dinero para prestar a los bancos en el ínterin cuando las finanzas de los gobiernos europeos  desfallecieran. Se daría tiempo a los bancos para que pudieran deshacer sus garantías de quiebra. Al final, el BCE sería el acreedor. El BCE –y presumiblemente, la Fed— cargarían con los costes, “a expensas del contribuyente”.  Los bancos estadounidenses (y probablemente también los europeos) evitarían así cargar con unas pérdidas que se llevarían por delante su situación patrimonial neta.
¿Cuáles son realmente los detalles de este acuerdo? Lo que sabemos es que los bancos estadounidenses están retirando la renovación de sus líneas de crédito a los bancos y a otros prestatarios europeos a medida que van expirando. El BCE actúa para cubrir la brecha. A eso se le llama “suministro de liquidez”, pero más parece un suministro de solvencia en una situación de insolvencia básica. Después de todo, una deuda que no puede devolverse, nunca se devuelve.

La idea de Geithner es que lo que una vez funcionó, puede volver a funcionar. Cuando la Reserva Federal o el Tesoro cargan con una pérdida bancaria, lo que hacen, simplemente, es imprimir deuda pública o abrir un depósito para los bancos en el banco de la Reserva Federal. La opinión pública no ve eso de manera tan perspicua como cuando le arrebatan directamente el dinero. Y el gobierno se limita a decir que se trata de “salvar al sistema financiero”, sin mencionar el coste del asunto “a expensas del contribuyente” (¡no a expensas de los bancos!).
Es un regalo.

Michael Hudson es ex economista de Wall Street especializado en balanza de pagos y bienes inmobiliarios en el Chase Manhattan Bank (ahora JPMorgan Chase & Co.), Arthur Anderson y después en el Hudson Institute. En 1990 colaboró en el establecimiento del primer fondo soberano de deuda del mundo para Scudder Stevens & Clark. El Dr. Hudson fue asesor económico en jefe de Dennis Kucinich en la reciente campaña primaria presidencial demócrata y ha asesorado a los gobiernos de los EEUU, Canadá, México y Letonia, así como al Instituto de Naciones Unidas para la Formación y la Investigación. Distinguido profesor investigador en la Universidad de Missouri de la ciudad de Kansas, es autor de numerosos libros, entre ellos Super Imperialism: The Economic Strategy of American Empire.

Traducción para www.sinpermiso.info: Mínima Estrella